Hoy escribes tú

Una sonrisa de medio siglo y Qwenty

Andrés Amorós nos lee hoy un relato sobre una boda que casi no se celebra y la satisfacción de haber conseguido lo que tanto se anhelaba.

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Una sonrisa de medio siglo

Ella de blanco, con su vestido de raso y su ramo de flores. Él de negro, con su bigotillo, su clavel en la solapa y sus guantes de piel.Los dos guapísimos. Hasta aquí todo muy bonito, pero faltó un pelo del bigote del novio para que la boda no se llegase a celebrar.

Al principio, él se lo había tomado con calma porque sabía de sobra que las mujeres suelen llegar tarde a su boda. Es una ley universal conocida por todos. Las manzanas caen hacia abajo —al menos desde Newton—. La Tierra gira alrededor del Sol —al menos desde Kepler—. La tostada siempre toca el suelo con la parte untada con la pringosa mantequilla —al menos, desde el maldito Murphy—. Por muy bien que midas, el cuadro nunca te va a quedar a la misma distancia de las dos paredes —al menos desde que se inventó el metro—. Y las mujeres suelen llegar tarde a su boda —al menos desde que a Eva se le antojó dar un último bocado a la famosa manzana.

Él sabía de sobra que si la boda está anunciada para las doce, es poco probable que tu novia acuda antes de las doce y media. El universo entero conspiraría para ello con mil pequeños detalles: "¡Ay, Dios mío! ¿Has visto mis pendientes? Si hace un momento estaban aquí... Ese ramo de flores, ¿no te parece un poco chuchurrío? ¡Ay, Dios mío! Si estaba tan bien peinada y ahora ¡mira qué pelos! ¡Ay, Dios míos!, y ahora estos zapatos que me están matando". Y doscientos cincuenta y seis ¡Ay, Dios mío! más.

Todo eso lo sabía él de sobra. Su problema es que esa media hora con la que todo novio cuenta, en su caso, se había multiplicado por cuatro. Era como si la manzana de Newton llegase podrida al suelo. Como si la Tierra terminase su rutinaria vuelta al Sol con un día de retraso. Como si la pegajosa tostada cayese sobre sus pantalones recién estrenados. Como si el cuadro descuadrado se estampase contra el parqué. Era, en fin, como si su novia no quisiera llegar tarde porque... tal vez no viniera nunca. Por eso, cuando al fin la vio aparecer, una sonrisa tranquilizadora iluminó su cara.

Hoy, cincuenta años después, cada vez que mi padre mira a mi madre, esa sonrisa sigue allí: colgada de su bigotillo.    

Eugenio Rey

Qwerty

Por fin lo había conseguido. La vieja mesa de caoba estaba colocada justo debajo de la ventana que daba al mar. Sentado en su sillón favorito, veía cómo las olas acariciaban la orilla. Parecían seguir el ritmo tranquilo de su respiración. 

Encima de la mesa, como un diamante en una urna de cristal, descansaba su tesoro, el que había buscado durante tanto tiempo por recónditas tiendas y mercadillos: una mítica máquina de escribir Underwood. Misteriosa, pesada, compacta y bella como un colmillo de marfil negro.

Después de una minuciosa reparación, estaba en perfecto estado, lista para arrancar su inconfundible sonido a cada golpe de tecla.

Miró atentamente las letras blancas, como esculpidas por un maestro escribano en un orden mágico: Q, W, E, R, T, Y... Cuántos escritores habían soñado, sobre este extraño código, a lo largo de la historia: juntando palabras, creando frases, buscando los misterios del alma humana.

Encendió un cigarrillo, inspiró profundamente y exhaló una larga bocanada que le supo a aventuras en los mares de China, a las lluviosas calles de Nueva York, a exóticas mujeres en los burdeles de un París de otro siglo...

Por fin lo había conseguido. Aún no había dado su primer paso, su primer golpe de tecla; no había dejado aún su primera letra de tinta negra sobre papel blanco, pero ya sabía que era escritor.

Manuel Rupèrez

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