
Un título extraño
Gabriel comenzaba a dudar de sus aptitudes como escritor. En los tres años que llevaba de corresponsal en Buenos Aires había firmado más de una crónica notable. Sin embargo, lo que él deseaba con toda su alma era escribir una gran novela. Una en cuya lectura se refugiaran una y otra vez las futuras generaciones.
Cuando salió a la calle, todavía resonaban en su mente las palabras con las que hacía tan sólo unos minutos el director de la editorial Losada había rechazado su último borrador.
De camino a casa decidió entrar a tomar un trago en "La remera", uno de los pocos lugares donde todavía le fiaban. El dueño le tenía especial cariño al periodista colombiano.
- ¿Un coñac, don Gaby? –le dijo. Mala cara trae usted hoy.
- Que sea doble. Han vuelto a rechazarme la novela -respondió Gabriel.
Mientras apuraba de un solo trago el contenido de la copa reparó en el hombre que se hallaba en el otro extremo de la barra. Estaba pagando, se ponía su abrigo y salía a la calle bajo el frío invierno bonaerense, dejando a Gabriel como único cliente de la taberna.
Este tipo no es de aquí –pensó. Observó, de pronto que el desconocido se había dejado olvidado un paquete marrón en el bar. Lo cogió y salió a la calle en busca de su propietario. En ese mismo instante se escuchó un frenazo. Tras él, un grito de mujer. A escasos metros de distancia yacía el cuerpo sin vida del hombre que momentos antes había compartido la barra del bar con Gabriel. En parte porque no sabía a quién entregárselo, y en parte, por su habitual curiosidad de periodista, se alejó de allí con el paquete entre las manos.
Una vez en casa se descalzó, se sirvió un trago y, no sin cierto reparo, procedió a desenvolverlo. Para su sorpresa, ante sus ojos apareció un legajo. Parece un libro –pensó.
En efecto, entre sus manos sostenía un taco de unos trescientos folios manuscritos por ambas caras. Aunque el título le pareció un poco absurdo, comenzó a leerlo.
Tres horas más tarde, tras haber leído seis de los veinte capítulos del libro ya tenía tomada la decisión. No es que le pareciera una novela extraordinaria, pero no cabía duda que era original en su planteamiento. Incluso el pueblo donde se desarrollaba la acción tenía cierto parecido con su Aracataca natal, con lo que si alguien le preguntaba por la idea que dio lugar a la misma, siempre podría decir que estaba basado en los acontecimientos y lugares de su infancia. Sí, dado que aquel pobre hombre ya no volvería a necesitar el manuscrito para nada decidió que, con su vieja Olivetti lo mecanografiaría y lo enviaría, esta vez, a la Editorial Sudamericana.
Lo que seguía sin terminar de comprender era ese título un tanto extraño que el muerto le había puesto a la novela: "Cien años de soledad".
Manuel Gómez
El Regreso
Recuerdo perfectamente la casa de Nona, la abuela, a la que solíamos ir mi hermana y yo cuando éramos pequeñas. Nuestras correrías en un jardín descuidado lleno de flores y almendros algo despendolados. Allí comenzaba a fraguarse todo, sólo que entonces no lo sabíamos. Aquello era el eslabón de una cadena que se enredaría más tarde en nuestra existencia. Entonces tan sólo existía inocencia y candidez.
Me acuerdo particularmente de un olor a arroz un poco quemado, penetrante e intenso, yo lo perseguía como un sabueso hasta encontrar su origen en la cocina. A sólo unos dos metros de ella se extendía un barranco. No había una barandilla de seguridad mínima que nos protegiera de una caída segura. Tenía escalones rotos, erosionados por el agua, y algo más abajo se veía un riachuelo con poca agua y algo sucio. Gema y yo jugábamos muchas veces allí con los montones de arena a hacer pastelitos mientras Gruño, el gato de la casa, se acercaba a nosotras, maullando.
Así transcurría buena parte de la tarde hasta que los pájaros iban enmudeciendo y el sol se despedía y se escondía en silencio. Mi madre nos sacaba de allí tremendamente sucias, con la cara negra y la boca llena de tierra. Nona expresaba sus profundos temores en caso: "Quiera Dios que no tengáis un accidente. Estas niñas no están para llevarlas al hospital. ¿Qué pensarían allí, que las tenéis descuidadas y que no las lavamos nunca?" Mi madre quería llegar pronto a casa para meternos en la bañera y frotarnos de arriba a abajo hasta ponernos la piel roja a base de jabón de sosa.
Pasaron los años, crecimos sin darnos cuenta y dejamos de ir los domingos a aquella casa con el jardín desgalichado. Nona nos reunió a todos un día y nos anunció su decisión de vender la casa. "Me voy a una residencia", dijo. Estoy perdiendo los recuerdos. Quiero despedirme de todo mientras me alcance la conciencia". No había más que decir. Mi abuela fue siempre una mujer directa y pragmática.
Gema me alcanzó después en la parte trasera del jardín. Pude ver que en un rincón, aunque sucios, permanecían allí nuestros cubos amarillos de coger arena, las palas y las pistolas de agua. "Era fácil ser felices aquí, ¿verdad? Yo asentí con la cabeza.
Actuamos con toda la rapidez posible, nos quedamos con la casa. Había que emprender reformas, tirar tabiques, enlucir, pintar.... Todo fue cambiado de arriba abajo. Sólo dejamos intacto el jardín trasero, donde nuestros hijos ahora siguen jugando los domingos por la tarde mientras algún hijo ilegítimo de Gruño, el viejo gato de Nona, sigue por allí. Pero a pesar de reconstruir la cocina ha desaparecido el olor de arroz de la paella de los domingos. Hace años que Nona se fue. Gema, mamá y yo vigilamos a los niños, sentadas bajo los almendros mientras recordamos como era antes todo.
Nos gusta abrir la cancela del pasado. Dejamos entrar sabores, olores, recuerdos. Porque al fin y al cabo ¿Qué es la vida, sino momentos y recuerdos cortados a desnivel?
Silvia Vicedo
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