Hoy escribes tú

Un momento y un lugar y Por la mañana

Andrés Amorós nos lee dos nuevos relatos enviados por los oyentes. En uno descubrimos la importancia de la amistad, sea cual sea, en el otro la felicidad efímera.

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Por la mañana

Sentí como los rayos del sol chocaban contra mí, sentí como la brisa rodeaba mi cuerpo. Era un día precioso. Las calles estaban vacías y los pájaros se despertaban, entonando una melodía que ansiaba escuchar.

Miré al cielo, y permanecí inmóvil durante unos instantes, intentando averiguar la figura que cada nube me mostraba. Luego bajé la mirada y contemplé a mi acompañante, sentado en un banco, con los ojos cubiertos por unas gafas negras que contrastaban con su piel nívea.

- ¿Nos vamos? – le pregunté. Pero no obtuve respuesta, así que le dejé en paz, disfrutando de aquella cálida mañana.

Me acerqué al pequeño lago, de aguas cristalinas. Los patos, con plumajes de colores, algunos exóticos y otros no tanto -pero aún así preciosos-, me saludaron, y les contesté amablemente.

De repente, mi acompañante se levantó, con cierta dificultad, del banco. Yo, me acerqué a él, y esperé delante suyo hasta que me necesitó.

- ¿Dónde estás? – me preguntó.

- Aquí. – le contesté enérgicamente.

- Ya te he encontrado, - dijo, orgulloso de sí mismo. – Venga, volvamos a casa.

Agarró aquel ortopédico instrumento que llevaba atado a mi espalada, y, como solía hacer, le conduje de vuelta a casa, protegiéndole de los peligros de la calle. Fui sus ojos durante unos minutos.

Llevada guiándole dos años, y él me trataba con cariño. Yo creo que es porque, como le he oído decir alguna vez, el perro es el mejor amigo del hombre.

José Ramón Ibáñez
 

Un lugar y un momento

Como suele suceder en estos casos fue por casualidad. Una época de paro en la que
vomitaba currículos. Y cuando me estaba quedando sin esperanza me llamaron. Se trataba de hacer encuestas telefónicas para uno de los principales periódicos de la ciudad. Repetir, en turno de tarde, cuarenta preguntas a las pobres víctimas que osaran coger el teléfono. Un trabajo cómodo de lunes a viernes que duraría pocas semanas.

Después de la primera tarde, y un poco embotado, decidí caminar hasta casa por una pronunciada cuesta. Con un par... Eran las ocho de la tarde y era verano. En una de las bocacalles observé a un tipo con curioso aspecto abrir un Pub. El "Plata Jazz". ¡Qué raro que no me sonara! Entré detrás del tipo que lucía un sombrero de Bopper,
camiseta de los "Rolling", vaqueros más viejos que su canosa testa y collar de surfista.

-¿Esta abierto?

-Estoy en ello (inconfundible acento argentino), pero pasa che, que ahora te atiendo.
-Tranquilo, no hay prisa- y no mentía. Mis ojos recorrían ávidamente la pared del garito desde donde me miraban Charlie Parker, Billie Holiday, Dizzy, Armstrong y todo el Olimpo del Jazz.

El tipo se percató y, divertido, inquirió, ¿Qué tomas pibe?

-Un descafeinado de máquina con sacarina y un vaso de agua con hielo

Me miró con desprecio.

Dispuesto a no rendirme le dije, ¿No tendrás algo de "Gato" Barbieri, que no sea "El último tango"?

Por supuesto, tío. Y abrió, detrás de la barra un enorme altillo rebosante de vinilos.

¿Todo eso es Jazz? - Le pegunté

Pues claro ¿Es que existe otro tipo de música?

Entonces empezó a sonar el piano del Gato y dándole a una clavija se encendió la iluminación del local, aunque fuera todavía de día.

Y empezamos a hablar del tema. Que si Gato, que si Piazzola. Que si Schiffrin. De ahí pasamos a la Bossa Nova hasta llegar a Nueva Orleáns. Y todo acompañado de la mejor selección musical que jamás había oído.

Me contó que se llamaba Jaime, el "Jim", de abuelos gallegos, que era porteño y que llevaba aquí unos cuantos años. Que había sido un estudiante en su país contra la dictadura, que había "visitado" la Escuela de Maquinas de la Armada y que pudo sobrevivir al horror tarareando a los grandes. Que combatió en la Guerra de las Malvinas donde la incompetencia de quienes fueran sus torturadores llevó a la muerte a su generación. Que después se entregó a la restauración democrática para descubrir que el latrocinio no era exclusivo de los "milicos". Y que ya solo le quedaba el Jazz. Que nunca le había fallado y que lo demás era pura mierda. Por eso huyó con sus vinilos e invirtió su poca plata en el local que regentaba. En aquel templo.

Y todo aquello mientras iba dando cuenta de una botella de Jack Daniels, que más que abrirle la boca pienso que estimulaba su imaginación. Al poco entraron unas chicas, un tanto despistadas. Se sentaron, pidieron y comenzaron a mirar la decoración, divertidas. Miraban al techo como si aquella música, para ellas ajena surgiera de una puerta astral.

Mi contertulio se dio cuenta y me espetó. Como me pidan algo de Bisbal las cago. Afortunadamente no llegó la sangre al río.

Unos cuantos LPs mas tarde me fui, pero durante unas semanas pasaba allí las tardes-noches, hasta que el fin del contrato y una hospitalización súbita y prolongada me apartaron del local.

Un par de meses después pude volver y me quede helado. El luminoso había desaparecido y unos trabajadores salían del local, desmantelado por dentro. A mis preguntas respondieron que solo sabían que habían sido contratados por un nuevo dueño al que habían traspasado el local y que se proponía abrir un karaoke. No sabían nada de su antiguo dueño. Les pedí, no sé por qué, que me dejaran pasar un momento. Con un gruñido asintieron. Dese prisa, me dijeron.

Entre los escombros pude ver una foto en un marco sucio y con el cristal roto. Era la orquesta de Benny Goodman, con Gene Kruppa a la batería y Louis Prima con su trompeta. Con disimulo la metí en mi mochila y me fui de allí.

Hoy tengo mi propia casa, frecuentemente envuelta en ritmos sincopados y en cuyo salón cuelga una vieja foto de la orquesta de Benny Goodman que me recuerda que la felicidad es un lugar y un momento.

Fernando Freire

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