Hoy escribes tú

Un cariño algo hostil y Cine Avenida

Andrés Amorós nos lee dos nuevos relatos. Uno es una historia triste, el otro una vista atrás.

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Un cariño algo hostil

Siempre me he caracterizado por ser una persona de carácter fuerte, autodidacta, seguro de sí mismo y bastante "atropelladora". Mi mujer que goza de un carácter similar al mío, me compara como un tren de mercancías que si no me paras, posiblemente pase por encima de cualquiera.

No tengo miedo a nada ni a nadie, eso sí, me gusta respetar tanto como que me respeten. Soy muy amigo de mis amigos y bastante responsable, de hecho, tengo a mi cargo un grupo de personas que creo que manejo bastante bien, con suma seriedad y respeto, empleando la responsabilidad que debe la coordinación de un grupo de personas.

Solamente hay una personita que puede conmigo y que consigue que me sienta ninguneado, me tira por tierra los esquemas más básicos, me deja sin palabra, me chantajea moralmente, me deprime, consigue sacar lo peor de mi en un enfrentamiento oral, me hace perder los papeles, me menosprecia constantemente, me presiona, consigue que me enfrente a los seres más queridos en mi vida, consigue que me cambie el carácter delante de ella, me hace mentir incesablemente, me crea remordimientos, me quita el sueño, me hace preocuparme por ella más de la cuenta, no valora mi éxito y me recalcitra con mis fracasos, el trato de cualquiera es mejor que el mío, incluso las mujeres de los demás son mejores que la mía.

Esta persona que tanto quiero, valoro y que daría la vida por ella y al fin y al cabo debo de agradecerle lo que soy y mucho de lo que tengo, es mi madre, enferma de Alzheimer desde el año 2006.

José Antonio Frejo Fernández


Cine Avenida

Bajaba por la piedra gris de unas escaleras estrechas y oscuras. De un día de otoño castellano: el sol tenue brillaba a lo lejos. De los árboles caían hojas de un color dorado.

Un día más caminaba sin fijarme en nadie pero sintiéndose acompañada, cruzando calles que conocía muy bien, notando la soledad en los ojos de algunos clientes de las cafeterías. Iba despacio y a veces jugaba, como cuando era una niña, con las hojas de los árboles.

Cruzaba un parque, oliendo aroma húmedo, cuando empezaron a encenderse las luces. No pensaba en nada, dejaba que las piernas la llevasen, primero una y luego la otra como en un solfeo imaginario.

Un semáforo cambió entonces de ámbar a verde y decidí cruzar la avenida, al revés de lo que solía hacer todos los días. Entonces, como si fuera magia apareció un rótulo: "CINE AVENIDA". Sin pensarlo, saque la entrada y entré en la sala, buscando una historia que me hiciese soñar, esa noche....

Pero esta vez no fue un sueño más: sin saber cómo, en la sala nació una hermosa historia. A la salida, no sé bien si fue por la confusión, por el frío nocturno y su chaqueta sobre mis hombros. Ya no tuve que soñar más con él: lo había encontrado.

Lo veo desde la cocina, en este instante: ya tiene menos pelo, está sentado frente a la chimenea y abriga sus piernas con la manta que yo le he puesto.

Todavía me sigue contando hermosas historias, del cine y de nuestra vida, cuando me siento a su lado a merendar.

Y recuerdo aquellas tardes otoñales de sol tenue, hojas caídas de los árboles, olor a membrillos y limones; aquellas tardes de "luces de la ciudad" y "fresas salvajes".

Concepción Diez Lloris

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