
Triple
"Pero, Chica Rubia de Celeste Diadema, yo podría enseñarte las ecuaciones de segundo grado. ¿Sabes? No son tan horribles como parecen. Y luego, si tú quisieras, nos meteríamos con los logaritmos neperianos. No son tan antipáticos. Si tú quisieras, claro. En ese caso estarías aquí, en este cuarto de estar".
Desde detrás de los visillos, casi en penumbra y sin moverse, Chico Birria espiaba a Chica Rubia, que en el patio casi vacío jugaba en solitario a la rayuela. El sol de octubre en la tarde era un enorme cáliz que derramara su tibio oro fundido sobre los párpados de la niña. Chica Rubia alzó entonces un momento su naricita hacia el cielo. "No entiendes nada. Hay veces que sólo tienes ganas de que te dejen en paz. Jugar tranquila en el patio y ya está. Bueno... y mirar ahora mismo cómo encesta ese chico tan mono".
Ágil y raudo como un alevín de héroe, Chico tan Mono, en efecto, no fallaba ni una. En pantalones cortos, con camiseta blanca ceñida... Chico tan Mono aceleraba con su ímpetu los latidos de la tarde dorada. Desde un lado, desde el otro, parado o en carrera, de gancho, botando fuerte o sin botarla, las enchufaba con destreza todas. Canasta. Canasta. Canasta.
Justo hasta que nota sobre sí la mirada azul de Chica Rubia. En ese momento a Chico tan Mono le sobreviene un sudor frío. Diríase atacado por algo invisible. Tira, tira y vuelve a tirar, pero ahora no le entra nada. Chico tan Mono empieza a ponerse más y más colorado. Es cuando Chico Birria, tras los visillos, sonríe.
Entonces Chica Rubia, con un mohín de disgusto en la boca, chasquea la lengua. Se levanta. Se ajusta con decisión la diadema y dice -Pásamela, anda.
Chica Rubia, desde allí mismo, siete metros, salta bien alto y enhebra un triple estratosférico, que subleva con su limpieza las mallas de la canasta a su paso. Chico tan Mono queda patidifuso y con las piernas algo flojas.
-¿Te has fijado, no? Pues hazlo igual. Y no pienses en mí, bobo, que te pones bien feo- le remata Chica Rubia y le lanza el balón antes de irse. La pelota resbala, bota y rueda por el patio.
Es ahora cuando Chico Birria, que ha seguido todo desde su escondrijo, deja caer la frente contra el cristal. Desolado, cierra los ojos. "Chica Rubia de Celeste Diadema... ¿Por qué? Dime, ¿por qué siempre os gustan los guapos? Es tan injusto. Dime."
José Antonio del Pozo
Para Patricia
Patricia lo supo la primera vez que le vio. Le recordaba a alguien. Aquella noche al volver a casa y mirarse en el espejo se dio cuenta, tenía sus mismos ojos grises de mirada soñadora. Después le dio miedo acercarse a él, pero según pasaban los días empezó a desear estar a su lado.
Descubrió a un viejito amable, sencillo, de mente lúcida, como a tantas personas mayores que les gusta hablar de su vida, de su pasado. Ella hacía muchos años que había superado la falta de un padre. Su abuelo fue su figura paterna, su madre trabajó duro para sacarla adelante. Al desaparecer los dos, se acostumbró a vivir sola.
Hacía tiempo que le gustaba pasar las tardes en la residencia ayudando a las monjitas. Era muy gratificante sentirse útil. Así es como él le fue contando aventuras. Él había sido marino, navegó por muchos mares, conoció lugares, gentes, vivió experiencias. Pero también hablaba de su pueblo, de cómo era cuando él era joven y faltó el trabajo, y a pesar de tener allí a su familia se tuvo que marchar.
Pasó varios años fuera y al regresar todo había cambiado. Sus padres habían desaparecido y ella..., ella ya no estaba. Se refugió en la mar, que actúa como un bálsamo: cicatriza, cura, te ayuda a asimilar los dolores. Después conoció a bastantes mujeres, pero su corazón ya estaba ocupado.
Con el paso de los meses, Patricia se sentía muy cómoda a su lado, entendía su postura ante la vida y en su mente comenzó a crecer la idea de decirle quien era. Pero dudaba, creía que al hacerlo la magia que existía entre los dos podría romperse.
Una tarde de otoño al llegar, la butaca en la que solía estar sentado estaba vacía. Le buscó y al no encontrarle peguntó. Le contaron el fatal desenlace durante la noche. Le dieron una carta que había dejado para ella. Con manos temblorosas la abrió y empezó a leer: Querida hija, ¡Es la primera vez que te llamo así! Has de saber que tu madre Patricia, fue mi primer y único amor..., entonces las lagrimas le nublaron los ojos y no pudo seguir leyendo.
Mª Dolores García Roldán
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