Hoy escribes tú

Relato de Navidad y El vuelo de Belén

Andrés Amorós y Nuria Richart nos trae dos relatos nuevos: Relatos de Navidad, muy acorde a las fechas, y El vuelo de Belén, Belén Rueda, la actriz.

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Relato de Navidad

Granada, veinticuatro de diciembre de 2008, las ocho de la noche. Volvía solo a mi casa paseando después de terminar, un año más, un prolongado aperitivo en el Niza de siempre con unos amigos.

Esa noche me gusta recorrer antes de cenar la ciudad y ver cómo las calles empiezan a quedarse vacías de gente. Me esperaba mi familia. Las pocas personas que quedaban por las calles caminaban con rapidez, algunos con bolsas y paquetes.

Cruzando la Plaza de Universidad para irme ya a mi casa, con mi chaquetón y mi bufanda bien cerrados, iba pensando en que un año más mi padre faltaba y que irremediablemente seguía echándole de menos. Una pareja de chicos jóvenes y yo éramos los únicos que la cruzábamos en ese momento.

En un lateral de la plaza, bajo unas pocas bombillas de iluminación navideña, había un hombre tocando el acordeón. De pie, con melodías francesas que recordé como las preferidas por mi padre, al lado una silla plegable de madera y delante una caja con un vaso grande de plástico encima, donde se apreciaban numerosas monedas. Tocaba el acordeón de manera casi perfecta y con la misma dedicación como si la plaza estuviese llena de público y se tratase de un concierto.

De repente dejó el acordeón sobre la silla, cogió el vaso repleto de monedas y cruzó la calle que tenía al lado. Yo le seguía con la mirada. Por esa acera, calle abajo, caminaba con dificultad un hombre, pelo y barba descuidados, cargando una gran bolsa al hombro y con el aspecto inconfundible de un indigente.

Se acercó a él, le dijo algo y vació el vaso en uno de los bolsillos del hombre. Casi sin mediar palabra el desgreñado siguió caminando, el acordeonista volvió a su sitio y siguió tocando.

En mi natural desconfianza pensé que se trataba del recaudador de este músico y de otros, tal como estas personas trabajan a veces en la calle sometidas por los que viven a su costa.

Me decidí a seguir por curiosidad al beneficiado por la recaudación en su lento caminar. Metros más abajo se le acercó un extranjero que esperaba ayudar a algún conductor para aparcar el coche a cambio de una propina, en una calle ya sin tráfico a esas horas. Y entonces oí cómo le decía al indigente que la cena en el comedor era a partir de las nueve. No era lo que yo pensé, me había equivocado.

Volví rápido hacia el hombre que seguía tocando. Cara amable y corta estatura, más de cincuenta años, erguido y tocado con una elegante gorra. Con indumentaria humilde pero limpia y con la clase de quien cree que está interpretando en una gran orquesta. Le pregunté por qué había hecho eso. Casi no hablaba español, hablaba francés. Yo hablo inglés y casi no hablo francés. Aún así los dos intentábamos hacernos comprender.

Se llevó la mano a su corazón y dijo que esa persona estaba peor que él, que lo necesitaba más y que no podía ver a la gente sufrir así. Mientras, yo buscaba unas monedas en mi bolsillo. Saqué todo lo que llevaba en mi cartera y se lo di, si hubiese llevado más también se lo hubiese dado.

Su nombre era André, de Rumanía, y había estado viviendo en Francia muchos años. Siguiendo con mi desconfianza le dije que él también lo necesitaba, pero él contestó que el día siguiente seguiría tocando y tendría más dinero. No dejó de sonreír con seguridad en sí mismo mientras se explicaba. No miró el dinero, lo dejó dentro del vacío vaso pero sí me lo agradeció.

Me fui mientras nos deseábamos mutuamente Feliz Navidad, en español, en inglés y en francés. Al llegar al otro lado de la plaza me volví, y allí estaba, solo, parecía una de esas postales navideñas.

A lo largo de las semanas siguientes volví a encontrármelo en otras calles del centro, tocando su acordeón. Y todas las veces que me veía, dejaba de tocar para acercarse y darme la mano, con la misma amabilidad que esa Nochebuena. Muchas personas le habréis visto. Yo ya no he vuelto a verlo.

Cada vez que cuento esta historia la gente se queda unos instantes en silencio, seguramente pensando lo mismo que yo cada vez que recuerdo este relato.

Ginés-Miguel Martínez


El vuelo de Belén

El 12 de Octubre Belén Rueda ocupó el asiento 1C. Casi de inmediato y sin novedad, el vuelo 2046 despegó del aeropuerto de Madrid-Bajaras. Viajaba concentrada en una voluminosa novela, por lo que no reparó en la mirada que fijó el pasajero del asiento 2D.

La observó minuciosamente, su pelo rubio, su cuello, la chaqueta de punto verde, los pantalones blancos estrechos, las alpargatas de tacón alto. Sin apartar sus ojos de ella, fue repasando sus recuerdos.

La vio por primera vez primera vez en la tele, hacía ya muchos años, cuando presentaba un concurso con Emilio Aragón. Desde entonces quedó prendado de ella para siempre. Luego, la serie Periodistas y el salto profesional definitivo de la mano de Amenábar. También evocó con amargura las tardes en que la veía en un parque de Tres Cantos, cerca de Madrid jugando con su hija, él pensó una y mil veces en hablarle, pero nunca se atrevió.

Mientras ella removía en el avión los trocitos de pollo en el arroz blanco, él diseñaba estrategias para, esta vez sí, hablar con ella. Tenía que evitar a toda costa una acción demasiado brusca que la pusiera en guardia.

Absorto en sus estrategias no notó que la azafata recogió los restos de la cena, que no había probado, ni que el avión iniciaba su aproximación al aeropuerto de Barcelona- El Prat. Los nervios empezaron a agarrase a su estomago. ¡No sabía con que excusa aproximarse! En vano, intentó reconocer la novela que Belén había retomado tras la cena. No era capaz de leer el título y el autor.

El descenso fue bastante brusco. Belén parecía tener problemas para compensar la diferencia de presión en sus oídos. Una azafata le ofreció otro chicle. El avión tomó tierra. Recogiendo su equipaje del compartimento superior él empezó a sudar. Estaba a menos de un metro de ella y era incapaz de decir nada. Mientras, ella charlaba animadamente con las azafatas.

Desesperado la vio salir del avión. Aún tuvo fuerzas para apretar el paso tras ella, pero ya se sabía derrotado. Se maldijo tras perderla de vista entre la muchedumbre del aeropuerto. Otra vez había dejado pasar una oportunidad de oro y Belén Rueda jamás sabría de su existencia... ¿O sí? Mientras llamaba un taxi fue concretando una idea.

Habían pasado exactamente setenta días desde el desgraciado viaje de avión. Por fin Belén se iba a enterar de quien era el viajero del asiento 2D. Cerró cuidadosamente la puerta del despacho para que sus compañeros, que aún comentaban el sorteo de la Lotería, no oyeran lo que allí iba a pasar. Comprobó la hora que era. Se enfrentó a su ordenador moviendo certeramente el ratón. Los dos últimos clics dieron paso a una sintonía cálida y familiar. Tras los comentarios y las presentaciones de rigor escuchó, como por arte de magia, el relato de su vuelo en la voz de Andrés Amorós. Y como él Belén, seguro que también lo estaba escuchando.

Mientras Andrés, Luís y Nuria despedían Hoy Escribes Tú, sonó el teléfono de su despacho. ¡Vaya, incluso antes de lo que esperaba! pensó feliz mientras descolgaba el teléfono.

Joaquín Arribas

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