Hoy escribes tú

Reciclaje y La necesidad del azar

Andrés Amorós y Nuria Richart nos trae dos relatos nuevos: Reciclaje, toda una muestra de seguir adelante, y La necesidad del azar, sorpresas que nos da el destino.

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Reciclaje

Ángela despidió a sus amigas, a sus hijos, prefirió volver a casa sola, para ir haciéndose a la idea y para explorarla por su cuenta, con sus nuevos ojos recién estrenados de viuda. La casa estaba silenciosa y fría, escuchó los ruidos familiares de la nevera, el ascensor, la aspiradora de la vecina. Todo estaba como siempre, pero diferente. Entró en las habitaciones, todo ordenado y recogido, frío, mudo.

Se sentó en la mesa de la cocina y "bueno", se dijo, "aquí estoy, ya ha pasado un mes, a ver qué hago... veamos lo que tengo, veamos lo que falta". Se preparó una infusión y empezó con lo fácil, repasar las cuentas. Todos los papeles estaban en orden, la testamentaría arreglada, los cambios de titularidad de la cuenta del banco, los recibos domiciliados, y por supuesto la pensión. Hizo los cálculos y se dio cuenta de que apenas tenía para pagar sus gastos mensuales de comunidad, de luz, agua, teléfono... después de esos pagos no quedaba dinero para la comida. Pensó que tenía que organizarse para ser autosuficiente y no depender de las ayudas de otros indefinidamente. Sus hijos, generosos, se habían ofrecido a ayudarla, a arroparla, a acogerla por turnos en sus casas, los tres tenían sus propias familias y obligaciones.

"Quiero vivir en esta casa, donde fui feliz con mi familia, donde me he quedado sola, donde vendrán mis hijos y mis nietos a verme los domingos. No quiero empezar desde cero, pero así no me salen las cuentas".

La cocina le ayudaba a pensar, a concentrarse. De forma mecánica, recurrió a ella, sacó media docena de huevos, levadura, leche, harina y mientras pensaba, horneó su bizcocho de manzanas. Añadió un puñado de nueces, otro de pasas, y unas cerezas en conserva de un pequeño bote que estaba a punto de caducar. Mientras en el horno se cuajaba y doraba el pastel, miró de nuevo sus papeles, seguía sin encontrar la solución. El olor apetitoso de su bizcocho le traía recuerdos imborrables de meriendas familiares, de felicidad olvidada, que le dolía dentro, como un nudo en el estómago.

Decidió que los dulces eran algo inapropiado en este momento, que le traían mucha pena, y no le inspiraban ninguna solución. De modo que Ángela sacó de nuevo el bote de harina, la manteca, agua, un pellizco de sal, y empezó a amasar una buena masa de hojaldre. Preparó un relleno a base de carne, pimientos y cebolla, aceitunas y piñones, y un punto de picante, como le gustaba a Antonio. Buscó en los armarios un buen molde, y preparó esa empanada de los domingos, que era el plato favorito de su marido. Hizo unas flores con la masa, con unas pequeñas hojitas de adorno, lo pintó por encima con yema de huevo, y al horno.

Al cabo de un rato continuaba sentada en la cocina: el bizcocho y la empanada le miraban apetitosos y tentadores, y junto a éstos, tenía todos los papeles, amenazadores, implacables. Ninguna solución, ninguna idea. Me rindo, se dijo, tendré que empaquetar y marcharme a vivir con los hijos por turnos.

Se puso el abrigo y salió a la calle, con la empanada y con el bizcocho. El panadero se sorprendió con el regalo, pero ella insistió: "Florencio, seguro que se lo puedes ofrecer a algún cliente, yo no tengo ni hambre ni invitados. Ya volveré a por los moldes."

Al volver a casa, cogió la libreta y se puso a apuntar todo aquello que tendría que empaquetar para su marcha definitiva del que fue su hogar, la ropa imprescindible, los álbumes de fotos, sus libros de recetas, y poco más. Bajó del altillo su maleta y empezó con el equipaje. No había otra solución. En unos pocos días la casa estaría en venta, y en ella se quedaría lo más significativo de su vida, su felicidad pasada.

Un timbrazo de la puerta le sacó de su ensimismamiento. Preguntó "¿quién es?" "Soy Florencio Doña Ángela". El panadero le traía los moldes de vuelta, y no podía apenas articular palabra de la emoción: "Se han peleado por probarlo señora, tengo muchos encargos ¿usted cree que podríamos llegar a un acuerdo? Me trae las empanadas, los bizcochos, y yo se lo vendo, estas exquisiteces no las vende nadie, y me ayudaría muchísimo, de verdad, ¿le parecería bien que yo me quedará el 15% de las ventas?".

Ángela soltó una carcajada, mezclada con sus lágrimas, la solución había estado ahí delante de sus narices, todo el tiempo.

Susana Fontán Oñate

La necesidad del Azar

Mis padres se quedan en la estación y nos despiden. Sonríen y me dicen que tengo que ser bueno. ¿Qué maldad puede haber en un niño de cinco años?, el tren está en marcha y la euforia y los nervios previos dan paso a inseguridades, desasosiegos y miedos.

Mi abuelo, listo como sólo son listos los abuelos, me habla de lo que veremos. Nos espera el mar de Bilbao, sus montes verdes y su lluvia tenue. Estaremos con mis tíos y lo pasaremos muy bien.

No debe verme muy conforme y de una bolsa, que yo creía de ropa, saca un ejemplar de El Jabato, y me promete una "pepsicola" después de comer. El Jabato y Taurus, su gigantesco amigo, acompañados de Fideo y Claudia, pelean, una y otra vez, contra el perverso Emperador romano. Las prolongadas paradas en las estaciones me muestran una España de finales de los años cincuenta de tonos grises.

Está compartiendo mi abuelo su cuarterón de tabaco picado y su librillo "Indio Rosa", con otro viajero, cuando entran en el compartimento una mujer de luto riguroso y un chico, después supe que era su hijo, que lleva unos bultos y los coloca en el maletero. Vuelvo a mi tebeo.

Llega la hora comer, todos ofrecen lo que llevaban, al final todo se comparte, chorizos, tortillas, vinos, hogazas de pan, fruta... El chico me pregunta por el tebeo, nos sentamos juntos y juntos lo leemos. Le voy poniendo al día sobre los personajes y sus aventuras. El me mira, es mayor que yo, pero intuyo que acaba de descubrir ese mundo.

Mi abuelo compra dos "pepsicolas", una para el chicho. Los dos saboreamos hasta la última gota. Agotado el tebeo le cuento aventuras que he leído y cuando éstas se acaban invento nuevas, y así seguimos marcha hasta Bilbao, allí nos reciben mis tíos. Ya en el andén, el chico, que me dobla en estatura, me acaricia la cabeza, como gesto de gratitud y no tengo por menos que regalarle mi tebeo.

Han pasado cincuenta años, es domingo por la mañana, mi mujer y yo estamos en el FNAC de la Plaza de Callao. Ella está mirando libros de arte de gran formato. Yo vagabundeo por las distintas secciones. En la de tebeos, ahora los llaman comics. ¡Han editado un facsímil de "El Jabato"!, no resisto regalarme un ejemplar. Mientras lo ojeo oigo como un hombre se justifica ante su mujer. Se ha emocionado al ver el facsímil y le cuenta que hace muchos años, escapando de miserias, marchó desde su pueblo a Bilbao, habla de un viaje en tren, de un niño que le regaló un tebeo y de un buen hombre que le compró su primer refresco.

Recupero el recuerdo de mi abuelo y de aquel viaje. Nos estamos mirando, los dos llevamos en la mano el mismo ejemplar. Yo se que él es él y por su gesto deduzco que se está preguntando: "¿Pero es posible?". No se me ocurre otra cosa que ofrecerle mi mano, pero él, como en un reencuentro de amigos, me da un fuerte abrazo. Mi mujer, con la que llevo casado treinta años, nos observa atónita sin entender nada, a borbotones comenzamos..., pero eso es ya otra historia.

Manuel Sánchez Manglanos

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