
Patata
Andrés, tío, verás, ayer tarde circulaba un ventarrón de adviento justiciero por los altozanos alcorconeros que batía inclemente todo Berlín Park, como a una tundra que sonara a calderilla. Estaba ya algo cansado yo de creerme el doctor Zhivago entre abedules azules y azotados. Así que me dije , ya vale, tío, vayámonos a un bar a tomarnos algo.
Iba ya a pedir una toniquita cuando llegaron dos señoras altas, y de middle class, por las pulseras que llevaban, digo, que eran muchas y de un brillo un poco falso. Eran las siete y cinco de la tarde. Así lo decía un enorme reloj redondo de propaganda sobre la pared parda.
Pensé que eran mamá e hija porque se me parecían la una a la otra. Se las veía un poco serias, como si un asunto tenebroso las tuviese atrapadas. Vi que el camareta les servía sendos pelotazos de Brugal con Coca-cola, que se retiraba rápido como si no quisiera mancharse de una invisible ola con algas. Vi que las dos se intercambiaban monosílabos duros sin mirarse a los ojos, la más joven cruzaba los brazos sobre el pecho.
El caso es que entonces el de la barra dijo, qué le pongo caballero. Yo miré a los lados, pensé que se refería a otro, aunque nadie más había allí. Entonces, puede que llevado por el vértigo de la anochecida, cambié de idea sobre la marcha, improvisé. Le pedí un Gin-tonic de Beefeater, y luego pensé, ¿a estas horas?, tú estás un poco mal, ¿eh?
Yo miraba a las dos mujeres, se les veía la tristeza. Pensé que el latigazo de Gin tonic iba a ser un zurriagazo heavy a esas horas, casi me arrepentí de habérmelo pedido cuando me acordé de Clara Sánchez, distinta Clara. Le dije al camareta con aire de boomerang confidencial... patatas fritas, quiero un plato de patatas fritas. Y elegí de entre todas una esférica y colosal, magnífica. La cogí entre las dos manos, la elevé translúcida hacia la luz de la lámpara, el Señor me perdone, contemplé un momento su dorado resplandor que convocaba un milagro aceitoso en medio de la atardecida en un bar cutre de los alcorcones.
La bendije un poco. Su tersura plena de hostia consagrada de sal y suspiro de olímpica medalla que sólo a mí Madrid me daba, anticipé su crujido en mí boca. Su gusto salado a mar amarillento. El caso es que debió haberme llevado la ceremonia más tiempo del que yo pudiera imaginar. Ahora aquel relojón marcaba las siete y veinte.
Noté rápido entonces que el camareta y las dos señoras altas me miraban con expresión ceñuda, ¿Qué hacer entonces? Pensé, nada, zamparme la patata frita, pimplarme el Gin-tonic de un trago como un maldito bastardo, dejar el alto vaso con un ruido seco sobre el mostrador, lanzar detrás de la barra de zinc un billete de diez euros arrugado y darme el piro vampiro con los ojos llorosos por la ginebra a tragantones.
Mientras mis tres observantes sancionaban mi huida con sacudidas leves de cabeza y otros difusos gestos desaprobatorios. Y sólo desde fuera, tras los cristales, caído ya el negro telón de la noche alcorconera, que esa negrura es aquí única, vi de refilón que las señoras empezaban a fumetear las dos al tiempo, a echarse el humo de frente y a hablar con caudal incesante entre ellas. Y creo que hablaban del muá, y no muy bien, la verdad.
José Antonio Martín del Pozo
KGB
En el centro del salón, la orquesta de cámara concluía los últimos compases de Tchaikovsky al tiempo que nosotros apurábamos nuestro postre. Después de varios años acudiendo a la feria de Moscú, el Café Pushkin se había convertido en una de mis visitas obligadas. Mis compañeros de mesa, colegas de otras empresas que integraban el pabellón español, decidieron cambiar de aires y tomar unas copas en un lugar con un ambiente más distendido. Así que cogimos un par de taxis y nos dirigimos al conocido local Che Guevara.
El Che Guevara, no muy lejos de la Plaza Roja, y mucho más cerca del antiguo edificio de la KGB, es un local alegre donde los rusos intentan empaparse de un poco del calor caribeño en forma de música cubana y mojitos. Después de un par de copas, me despedí de mis colegas españoles, y armado con mi plano de la ciudad me animé a llegar caminando hasta el Hotel Budapest donde me alojaba.
Rodeando la mole de lo que fue la KGB, me dispuse a zigzaguear por Moscú. A unos 200 metros del citado edificio, existe una iglesia llamada San Luís de los Franceses. Es propiedad de la embajada francesa desde el siglo XVIII y consiguió mantener su estatus durante la época soviética, lo que la convirtió en punto habitual de de encuentro de los diplomáticos extranjeros.
Justo cuando caminaba a su altura, me llamó la atención un objeto que sobresalía de entré un montículo de tierra. Con curiosidad, me acerqué para comprobar que se trataba de un viejo plato de hojalata, abollado y deteriorado. Lo cogí, y fue entonces cuando me percaté de los signos garabateados con un punzón en su envés. Intrigado, me lo llevé al hotel para poder verlo con más claridad. Ya en mi habitación, aunque con cierta dificultad, pude leer un extraño mensaje en inglés. El texto decía: "Entregar a EEUU. Dentro de 12 días, el águila será abatida si abandona el nido" Y el mensaje estaba fechado el 10 de Noviembre de 1963.
- Esto no significa nada -. Dije en voz alta. Desde mi cama, lancé el plato a la mesa como si de un frisbee se tratara y apague la luz. Pero no podía dormir. Imágenes de la iglesia, del plato volando, la inscripción... acudían a mi mente manteniéndome en vigilia. De repente, una intuición me hizo dar un brinco en la cama. Encendí mi Blackberry y metiéndome en Google confirmé la fecha, y con ella mí sospecha. - ¡YA LO TENGO! - Grité. Y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Acababa de comprender lo que aquel 10 de Noviembre de hace 46 años había sucedido.
Seguramente, en plena guerra fría, el americano estaba retenido en los calabozos de la KGB, y consciente que vivir su último día de vida, escribió su importante descubrimiento en el plato de comida para los reos. Desde el vehículo que lo trasladaba hasta una anónima morgue de maleza y tierra, consiguió lanzar su mensaje hacia el único sitio en todo Moscú donde podía tener alguna esperanza de darle salida, la iglesia de la embajada francesa.
Pero su plato volante no alcanzó su destino, y cayó metros antes, seguramente dentro de alguna zanja que en aquella época estaba abierta. Es escalofriante ser consciente de cómo la historia de la humanidad puede estar jalonada de hitos insignificantes como el error de un par de metros en el lanzamiento de un frisbee. Porque el "águila" del mensaje, no se quedó en su nido, y 12 días más tarde, el 22 de Noviembre de 1963 era asesinado en Dallas el presidente John Fitzgerald Kennedy.
Javier Serrano
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