
Mi Ducati
-¡Vete a la mierda!
Cerré la puerta y el portazo retumbó en toda la casa. Ya no aguantaba más, era el colmo. Todo el día tragando quina en la oficina y lo que me faltaba, nada más llegar a casa una nueva pelea con Marta.
Entré en el garaje, y al poner en marcha mi Ducati, comprobé que con el tremendo cabreo con el que había salido de casa, había olvidado la cazadora. No importa, pensé, me pondré el viejo barbour negro que debe de estar tirado por alguno de los rincones entre los cascos viejos, los neumáticos y los mil cachivaches que había esparcidos por allí.
No la soporto más, me repetía sin cesar, mientras escuchaba el suave ronroneo del motor de la moto, y cerrándome la visera del casco, salí de allí a toda velocidad.
Doce años de matrimonio, y ni los dos pequeños habían podido apaciguar esas continuas peleas entre nosotros.
El cómplice sonido de mi Ducati, mezclado con la noche y el frío de diciembre, lograron tranquilizarme y emprendí mi huída por la carretera con el solo propósito de escapar de ella.
Estará llorando, pensé mientras encadenaba una curva tras otra, mientras me zambullía en la noche con el faro como único aliado y con la música de mi Ducati envolviéndome. Comenzaba a sentir el frío en las manos.
Ella me convenció para comprar la moto, sabía que yo siempre había soñado con una moto italiana y me dio el empujoncito final para decidirme. Seguiría llorando, sola, seguro.
El motor de mi compañera sonaba redondo, igual que el primer día que la estrenamos. Recordaba cómo Marta siempre me daba un tironcito en la pierna cuando notaba que había sobrepasado la velocidad que ella consideraba razonable, entonces, yo frenaba un poco para que no se sintiera incómoda.
Me detuve en el cruce de la carretera general e, instintivamente, di media vuelta ¿o lo hizo sola la Ducati? realmente no lo tengo muy claro, pero mi compañera aullando mejor que nunca, giró hacia la comarcal por la que habíamos llegado. Sin duda, me llevaba de vuelta a casa.
Dejé de notar frío en las manos, de repente la noche de diciembre se tornó cálida. Seguro que Marta había dejado de llorar.
Jorge Francisco
El túnel
Aguanta, Josefina. Aguanta. Un poquito más. Un poquito. Es por tu bien. Si respiras es peor. Ya. Ya no puedo más. Inspiro. Espiro. Por lo menos mientras oigo el pitido de mis pulmones no oigo la máquina. Rmrmrmrmrmrm... el motor. Sssssssssss...la espita del oxígeno. Blop-blop-blop el barboteador. Si no fuera tan cobarde, pediría que la apagaran. Como pediría que apagaran esa maldita luz que siempre está encendida. Una luz cortante. Aún con los ojos cerrados noto que está encendida. Claro que, ¿para qué abrir los ojos?
Hace semanas que siempre veo lo mismo. La mascarilla, que parte la visión en dos. Cuando la veo me acuerdo de lo que me aprieta. De la jaqueca tan espantosa que me producía hasta que empezaron a sedarme. De las marcas que me deja a los lados de la nariz y alrededor de la boca. Marcas que no se me irán en la vida. Claro que eso no es mucho tiempo. Pero no me gustaría nada que en el ataúd se me vieran las marcas de la mascarilla. Eso si consiguen despegármela de la cara después de muerta, claro, que lo dudo. Lleva ahí demasiado tiempo. La mascarilla.
Y más allá de la mascarilla, la cama. Con los bultos de mis piernas bajo la colcha. La colcha blanca con las letras azules y la sábana también blanca con letras azules. ¿Por qué tendrán tan mal gusto en los hospitales? Otra respiración. Y esos bracitos que se me han quedado. Tan flacos, tan colgajosos, tan llenos de pecas. ¡Qué horror! con lo firmes que eran a mis cincuenta años incluso, envidia de mis amigas.
Al final de las manos, los dedos deformes. ¡Qué descuidados! ¿Cuánto hace que no me pinto las uñas? Si pudiera acercármelas para verlas mejor. Ya casi no veo bien. Y eso que no me puedo quejar, no me he quedado ciega como la pobre Manolita. Pero si desde aquí y sin gafas se ven así de mal ¿cómo no tendré las manos? Si me las pudiera acercar...pero me da miedo sacarme un tubo de esos. Claro que con el esparadrapo que tienen estarán muy bien sujetos. Cuando me lo quiten me van a hacer mucho daño. Tengo que respirar otra vez. Otra vez más. Otra vez menos.
Me estoy quedando bizca con la mascarilla, pero no quiero cerrar los ojos otra vez. Qué feos son estos camisones azules. Y qué humillantes, con el culo al aire. "Josefina ¿ya has hecho caca?" Señorita, a usted ¿qué le importa? No he hablado jamás con mis hijas de eso, voy a contárselo a usted. Una ducha es lo que me gustaría darme, y no ese lavado de gato que me hacen. Y ¿qué caca voy a hacer si no como nada?
Vaya, con el enfado he perdido la concentración y he respirado por lo menos tres o cuatro veces. Tengo que concentrarme. Cada respiración es como un poco de vida que se me va. Cuanto más despacio respire, más tardaré en morirme...
Voy a tener que cerrar los ojos. El ruido de la máquina me volvía loca al principio y ahora me hace compañía. A lo mejor duermo un rato. ¡Pero si estoy dormida respiraré sin darme cuenta! Tengo que estar despierta. Despierta, Josefina. ¡Despierta! ¡No! Estoy empezando a soñar. Veo a mi madre ¡qué joven! Estoy en la casa de la calle ancha y me he caído. Mi hermano Juan viene a pegarme ¡qué bruto era! Mi primer día de colegio. Yo llorando y Sor María arrastrándome hacia adentro...
Pero si esto no es un sueño. ¡Anda! Ya sé. Esto es lo que sale en las películas: que ves pasar tu vida ante tus ojos. Josefina, te mueres sin remedio. ¡Dios mío! y no hay nadie cerca ¿quién va a llamar al cura?
Hablando de curas: mi primera comunión. Y yo que creía que estaba guapa. Cuando tuve paperas. ¡Mi amiga Marta! ¿Qué habrá sido de ella? El primer niño que me gustó... ¿Cómo se llamaba? Cuando me rompí el brazo. ¡Cómo dolía y qué calor daba la escayola!
¡Ay! el primer beso. ¿Pues no seré boba y se me ha puesto el corazón a cien? Aguanta, Josefina, no respires. Bueno, ya qué más da. Si te estás muriendo y no es tan malo. Es hasta divertido... Otra pelea con Paco. Qué tontos éramos. Tanto que nos queríamos y siempre peleándonos.
¡Madre mía! ¡Cómo ha empezado a correr mi vida! ¿Cómo podía vivir con tanto ajetreo? El trabajo, la casa, los niños... ¡Qué deprisa crecen!
No. Ya no quiero seguir viendo mi vida. Ahora empieza a morirse gente y yo a estar cada vez más vieja. Una vida muy poco emocionante. Cuántas cosas he dejado sin hacer...
Josefina, Josefina. No te distraigas. Ya has acabado de ver tu vida. Ahora viene lo de sentirte flotar y ver el túnel. Ya floto... ¡Ay! Dios mío, es verdad. Allí está el túnel con la luz al fondo. Esto sí es el fin. Ten valor, Josefina. Arrepiéntete de tus pecados. Voy hacia la luz, voy...
Pero ¡si no floto ni siento paz! Este túnel es cada vez más estrecho. Algo me empuja hacia el final. Estoy mojada. Tengo frío. Casi no quepo ¿será posible? con lo bien que me estaba muriendo yo. Ya...casi...estoy... Ya pasa la cabeza hacia la luz. ¡Ay! algo tira de mí... ¡es un hombre! un hombre muy grande ¿será San Pedro?
Pero... ¡si estoy desnuda! Se me habrá quedado el camisón en el túnel. Yo no entiendo nada. Este hombre me ha cogido de los pies. Me tiene colgando boca abajo ¡y me ha dado un azote en el culo! ¿Cómo se atreve, caballero? Me llamo Josefina y tengo noventa y dos años. Me estaba muriendo y ahora voy a tener que respirar otra vez.
LD: Lo más leído