
Mi abuelo y el Capitán Trueno
Mi abuelo es un cascarrabias. Todo lo desaprueba. La gente de ahora no tiene valores, nuestra ignorancia no conoce límites, desconocemos la disciplina, el respeto, el ahorro.
Le gusta leer el periódico, se lee hasta los anuncios y luego gruñe otro poco, hace el sudoku y el crucigrama, y después se va a dar su paseo por el barrio. Se ha hecho amigo del kiosquero, que se llama Manolo y también sabe rumiar su descontento. Repasan y critican a coro la actualidad, compartiendo vivencias y recuerdos de sus tiempos. Aprovechan un ratito para escaparse a sellar la quiniela y comentan los despropósitos de sus equipos favoritos. Nunca están de acuerdo entre ellos, pero disfrutan discutiendo, intercambiando sus pronósticos, alineaciones, estrategias y sobre todo compartiendo su desaprobación general.
El otoño ha llegado de golpe a Madrid, y el abuelo ha sacado el chaquetón y la bufanda. Hoy tiene un aire sospechoso, como de travesura. Ha quedado con Manolo después de comer, en lugar de quedarse a ver el documental de los animales, y no nos ha anticipado nada. Dice que van a tomar un descafeinado y que tienen que ir a un sitio, así, sin más. La tarde se alarga y finalmente aparece, sonriente, misterioso, con unas chispitas de ilusión en los ojos.
En la cena por fin suelta la noticia: los dos amigos se han apuntado en la junta municipal a unos cursos de Internet para veteranos, todas las tardes. Nos observa divertido nuestras caras de sorpresa y comenta para sí, eso del Internete es una majadería, no sirve para nada, si lo sabré yo.
El primer día, nos cuenta, ha sido muy divertido: eso del ratón es fabuloso, lo mueves por la mesa, y en la tele la flechita hace lo mismo. Pinchas y pinchas y salen cosas, es increíble, nos dice, pero insiste: ¡¡menuda tontería!!
Han pasado tres semanas y se ha producido una transformación: su vocabulario incluye términos como archivos, enlaces, iconos, web’s, mails, aplicaciones, ejecutar, y una cantidad de palabros que nunca pensamos que pudiera llegar a conocer. Tiene una cuenta de correo, se comunica con sus amigotes por mail, y se envían unos a otros todo tipo de críticas a los entrenadores, a los políticos, a los jóvenes, a los unos y a los otros, etc.
El ordenador de nuestra casa hierve con sus mails, y ha aprovechado su catarro anual para asentarse todas las mañanas en la cocina con mi portátil y su infusión con miel. Eso sí, los gruñidos y los comentarios entre dientes continúan sonando como un runrún de fondo, pero suenan como con otro ritmo, festivo y triunfal.
Sigue comprando el periódico donde Manolo, por hacerle gasto, reconoce, pues cuando baja a media mañana, él se ha leído ya todo en la red, todos los periódicos que le interesan, e incluso ha opinado en muchos editoriales. Tiene un seudónimo: "El capitán Trueno", y sus comentarios forman parte diaria de los foros de opinión.
Me preocupa este trajín, y por las noches le investigo su actividad, me conecto con su cuenta de usuario y le reviso: qué ha hecho, qué escribe, con quién se trata, y sobre todo qué compra, pues temo que sea presa fácil para esos desaprensivos de la red, que usurpan identidades y engañan a los ingenuos como mi abuelo. Hoy no he podido acceder a su cuenta, más que lo intento no lo consigo. Creo que el ordenador ha sucumbido a un virus informático, ¿qué habrá hecho el abuelo?
En el desayuno el muy pillastre me pregunta con picardía: "¿Qué pasó ayer? ¿No me pudiste cotillear eh? ¿Qué te habías pensado? jijiji, ¡¡he cambiado la contraseña!!"
Según veo: el Capitán Trueno también tiene sus trucos...
Susana Fontán Oñate
En una noche cordobesa
La noche de primavera cordobesa era tranquila y estaba perfumada de aromas de flores que provenían de los múltiples patios engalanados.
Hacía ya un buen rato que habían dado las doce en el reloj de una torre de iglesia cercana cuando decidimos dar por terminada la cena en la terraza de un restaurante de moda. La sobremesa había sido bien prolongada porque cuando varias amigas se reúnen después de no haberse visto desde hace mucho tiempo, es difícil decidir cuándo dar por terminada la reunión.
Gran parte de la zona donde vivo es peatonal, por lo que la conductora del coche que me llevaba se preocupó de dejarme lo más cerca posible de mi vivienda. Nos despedimos y empecé a andar camino de mi casa.
Dado lo avanzado de la noche las calles estaban solitarias y silenciosas. Para disipar el poco de miedo que me inspiraba la situación, andaba con paso firme, decidido y ligero, produciendo un sonoro repiqueteo con mis tacones: toc toc, toc toc...
Cuando doblé la esquina de una de las calles, divisé la figura de un hombre a unos cien metros delante de mí. No era muy alto de talla pero de figura robusta, con anchos hombros y fuertes brazos que su camiseta sin magas dejaban al descubierto. Andaba con paso tranquilo. Sus zapatos debían tener suelas de goma porque al andar no hacia ningún ruido, en contraste con el toc, toc, toc, de mis tacones.
Como no quería acercarme a él, empecé a acomodar el ritmo de mis pasos al de los suyos, de manera que siempre quedara una buena distancia entre ambos, esperando llegar pronto a mi casa, que ya estaba cerca.
La situación empezó a disgustarme y más aún cuando comprobé que los pasos del hombre se hacían cada vez más lentos y la distancia entre ambos iba disminuyendo. Volví a compasar mis pasos a los suyos pero él disminuyó de nuevo su ritmo. Nos acercábamos sin remedio.
De pronto el hombre se paró, puso su espalda casi apoyada en la pared y volviéndose hacia a mí, me miró. Mi corazón empezó a latir fuertemente, presintiendo alguna situación de ataque sexual. No quería que se transmitiese al exterior el miedo que sentía por lo que continué con el paso decidido, ya más rápido, para tratar de llegar cuanto antes a mi casa. Toc toc, toc toc, El ruido de mis pasos resonaba en toda la calle. En mi mente ya empezaba a organizar la estrategia de defensa que iba a desplegar: "le sacudo con el bolso en la cabeza y le doy un rodillazo en sus partes más débiles..."
Cuando pasé por delante de aquel hombre mi corazón parecía que se iba a salir del pecho, el miedo iba en aumento presagiando el ataque, cuando él, con un marcado acento andaluz-cordobés me dice:
- Anda, mujé, passsa yaa, que me estáh dando mieo con er ruío de tuh taconeh´.
No pude menos que soltar una alegre carcajada, que fue correspondida por mí ya compañero de miedo nocturno, riéndonos ambos de la situación.
Julia Yribarren
LD: Lo más leído