
Seguro que ese fue uno de los amaneceres que se sucedieron tras las pesadillas. Una noche más volvía a tener pesadillas. Pero de esas que sólo existen si cierras los ojos. Probaba a cerrarlos en bastantes ocasiones, y no podía con el miedo que aquella situación me creaba. Entonces, ponía sobre mis hombros una manta, salía de mi habitación, caminaba por el pasillo y llegaba a la habitación de mis padres. Me acercaba a la cama de matrimonio, siempre por el lado donde dormía mi madre. Ésta como si me esperase me decía medio susurrando "Reza. Así el miedo se va". – Eso ya lo había probado antes de ir a verla... En fin, cruzaba el salón y me sentaba en un butacón que colocaba contra la pared para proteger mi espalda.
Yo tenía seis o siete años, me sentía extraño. Éramos cinco hermanos y, noche tras noche, siempre me encontraba solo en aquel balcón acristalado. ¿Por qué a los demás no les pasaba?
Escuchaba, y creo aún seguir escuchando, el golpear de las herraduras contra los adoquines de la calle. Aquel sonido iba aumentando hasta que veía aparecer a un hombre caminando, seguido de un caballo grandísimo. Tras ellos, un pobre jumento que a la sazón, era el único que llevaba peso.
Asociado a aquellos sonidos, el amanecer. Cuando ya se iban espaciando en el tiempo las dichosas pesadillas las llegué a echar de menos. Ahora que por la edad me levanto durante la noche para ir al baño, todavía en los primeros segundos de somnolencia, y durante los primeros pasos dados por el pasillo, puedo escuchar con claridad el golpeo de las herraduras contra las piedras de la calle. Pero... hace muchos, muchos años que ya no vivo en el pueblo.
Manuel Ángel Alvarado Fontseré
Cuatro comensales extraordinarios
El fuego crepitaba en la chimenea. Lope de Vega y Calderón estaban al fondo de la taberna del Gaditano, en una mesa algo apartada e iluminada por la luz de una vela mientras esperaban a otros dos comensales. Lope sonrió al oír la voz de uno de ellos:
- ¡Malditos puercos! – exclamó Quevedo.
- ¿Alguna contrariedad, Don Francisco?
- ¿Contrariedad decís? Desvergüenza querréis decir. Rufianesca y mucho hijo de mala madre - respondió dejando la capa y el chapeo sobre un viejo banco de madera.
- ¡Vive Dios! ¡Sólo el señor de Góngora puede producir en vos tal efecto! - apuntó Calderón.
- ¿Llamáis señor al jefe de esa panda de galloferos, don Pedro? Juntaletras tenías que decirle.
Tomó la jarra que descansaba sobre la mesa y se echó al coleto un largo trago de vino.
En ese momento, una sombra apareció en la puerta de la taberna. Lope de Vega adivinó la figura de su discípulo, fray Gabriel Téllez, conocido también como Tirso de Molina.
- Llegáis a tiempo, fray Gabriel. Don Francisco estaba a punto de referirnos su último incidente con don Luis de Góngora.
- A Dios gracias debe dar ese malnacido de que don Ambrosio Spínola se interpusiera entre nosotros; si no, a fe mía que hubiera sacado la toledana a pasear y allí mismo le hubiera afeitado las asaduras. A él y a toda esa reata de bribones que tiene por compinches.- expresó Quevedo-
Acto seguido les contó cómo Luis de Góngora había conspirado hasta conseguir que el duque de Lerma lo descartara como posible secretario del rey, el tercer Felipe.
- Ya lo veis, don Félix, no permitiré que ese hijo de viltrotona se quede sin su merecido. Tan cierto es que le rebanaré los sesos a ese rufo como que el abate me cristianó Francisco.
- Debéis tener cuidado con vuestra espada, Villegas– terció Calderón- Ya habéis sido apresado por los alguaciles de nuestro señor Felipe anteriormente. Dedicadle unos versos; vuestro ingenio es comparable a vuestra habilidad con el acero.
- Demos cuenta de este suculento asado mientras nos contáis de esa obra que se dice estáis escribiendo - propuso fray Gabriel- Tomad, bebed y comenzad el relato.
El anciano apartó el libro y miró a su nieto. Se había dormido. Quevedo, Lope, Calderón, Tirso... ¡Cuánto talento! -pensó- Y qué decir de Cervantes, Nebrija, Santa Teresa... Eran muy afortunados por pertenecer a un país con tanto bagaje histórico. Al día siguiente le contaría un nuevo episodio –Núñez de Balboa, Magallanes, Pizarro- de esa maravillosa Historia nuestra.
Manuel Gómez