
Mi musa y yo
Estaba yo escribiendo tranquilamente una tarde cuando de repente y ante mi sorpresa se me apareció la Musa. Nunca la hubiera reconocido si ella misma no se hubiera presentado.
Pero como sea yo no tiene nada que ver, tu obligación de Musa es ser algo especial. Pues no mona, en el Departamento del Olimpo de donde yo vengo, los jefes tienen la norma de adecuar la Musa al creador correspondiente. Por ejemplo, Carmen Posadas tiene como Musa a una amiga mía que la tía tiene una talla 38 y un suave acento sudamericano. Pero ¿Qué esperabas con tu vergonzosa talla 52, tus incipientes canas, y tus andares patosos? Da gracias a que los jefes considerando tu gran afición a escribir te hayan adjudicado una Musa, aunque sea yo.
Bueno, bueno, perdona, tienes razón, he estado bastante borde contigo, ya que eres tu quien al parecer inspira mis relatos, mis poemas, mis cuentos y todas las cosas que se me ocurren con la pluma en la mano, será mejor que nuestra relación sea de buena amistad.
Ya que has sido tan amable de venir, ayúdame a darle forma a este nuevo relato que estoy escribiendo, y después, puesto que al parecer ni tu ni yo tenemos línea que conservar, te invito a merendar un delicioso bizcocho que tengo guardado y que, seguro nos alegrará la tarde.
Maribel Egido Carrasco
Duérmete niña
A Ceferino le despierta de madrugada un ruido. A su lado en la cama Julia llora desconsoladamente. Un mal sueño, seguro. Un sueño espantoso, a juzgar por el mar de lágrimas.
— ¡Julia, Julia, mi amor despierta!. ¿Qué es lo que estabas soñando para llorar de esa manera?.
Ella tarda en reaccionar y sólo después de que Ceferino la zarandee con brío se vuelve hacia él y lo abraza.
Imposible articular palabra. Es la misma pesadilla recurrente de tantos días. Ahí está su madre y detrás de ella toda la familia intentando hacerle comprender. Hija, no hay sitio suficiente en la casa... así que lo he tenido que matar. Sólo es un recién nacido, todavía no te habrás encariñado con él, supongo.
Y entonces Julia ha visto el cuerpecito sin vida de su muñeco de goma, uno de los primeros muñecos que han llegado al pueblo, con el pelo rubio platino, de fibra sintética, con los ojos azules de cristal, la boquita pintada de rojo y las mejillas sonrosadas que parece un bebé de verdad.
Julia llora desconsoladamente por esa desgraciada criatura que no tiene sitio en el mundo. Era mi muñeco mamá, yo lo hubiera cuidado, no te hubiera dado ningún trabajo. Pero a la vez sabe, como se saben esas cosas en los sueños, que en realidad el muñeco no cuenta. En la casa lo que sobra es Julia.
Y para esa pena tan grande el abrazo de Ceferino es un bálsamo. — ¡Menos mal que tú sí que me quieres! —piensa Julia. Una oleada de ternura la invade y se acurruca a su lado, al mismo tiempo que él pasa su brazo por debajo de su cuello y la atrae hacia su costado. Se siente tan reconfortada que, por un momento, el llanto cede. Se separa del abrazo de su marido y se limpia ruidosamente la nariz.
Ceferino aprovecha lo prosaico del momento para dar media vuelta en la cama, apagar la luz y volver a taparse hasta el cuello. A oscuras, Julia sigue llorando. Teme cerrar los ojos y volver a encontrarse con la misma escena.
Unos minutos más tarde, oye la voz soñolienta de Ceferino en la oscuridad: —Llora más bajito que no me dejas dormir. Y a oscuras, muy despacito, se levanta de la cama. Cierra con mucho cuidado la puerta del dormitorio y se va a llorar al salón para no molestar a Ceferino que mañana tiene que madrugar para ir al trabajo. No es cuestión de molestar a la única persona en el mundo que la quiere.
Pura Martínez Jordá