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martes literario

La ventana y The End

  Andrés Amorós y Nuria Richart nos leen dos nuevos relatos. La ventana, donde tiene la nostalgia como eje central, y The End, una historia de película. 

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La ventana

La abuela Leonor era muy viejecita, ya apenas salía de su habitación donde era feliz rodeada de sus recuerdos y fotografías de otros tiempos. Vivía desde hacía algunos años con una de sus hijas en una casa vecina a la nuestra de Segovia, pero no siempre había sido así. Aunque nacida en nuestra ciudad, donde pasó su niñez y su primera juventud, se había casado muy joven y buscando nuevos horizontes se instaló con su marido en Bilbao donde el trabajo era más fácil de encontrar en aquellos difíciles años, allí se establecieron y nacieron sus tres hijos.

Yo la visitaba con frecuencia porque me encantaba que me narrara cosas de su vida, y eran para ella y para mí un verdadero placer aquellas charlas en las que me hablaba de la nostalgia que siempre sintió de su añorada Segovia y en especial de su querido barrio de San Marcos. Recordaba tan perfectamente los detalles de aquellos lejanos años, que parecía que los hubiera vivido ayer.

En una de aquellas tardes en que me hablaba de aquellos lugares de su infancia, me sorprendió diciéndome: "Hija, mientras estaba lejos he echado tanto de menos mi ciudad y mi barrio, que no sé si hubiera podido soportarlo sin la ventana".

¿La ventana? - dije yo - ¿qué ventana?, - y entonces sonriendo me contestó: "Verás, cuando me dolía especialmente la nostalgia, procuraba buscar un rato de tranquilidad, me iba a mi habitación a solas, cerraba los ojos y abría "la ventana". Esa ventana que mi imaginación situaba en mi querido barrio. . . y siempre sucedía el milagro. . . a través de ella me asomaba al puente, al río con su eterna y alegre canción de agua, a las verdes huertas, al Alcázar con su emocionante belleza, al Santuario bajo las peñas grajeras, donde mi madre me llevaba de niña, con su Virgen menuda y graciosa tan querida por los segovianos, a la Veracruz dorada por el sol del atardecer, al convento de los frailes carmelitas, cuya iglesia estaba presidida por una Virgen del Carmen que parecía flotar en un cielo lleno de estrellas... y sobre todo me asomaba a la casa de mis padres llena de amados recuerdos, y casi sentía con el olfato del corazón aquel familiar olor de mi infancia". Y mientras sus ojos adquirían un brillo húmedo, su voz se quebraba por la emoción y su mano apretaba la mía con cariño.

La abuela Leonor ha muerto hace pocas semanas, dulcemente, en silencio, dejándonos a todos su recuerdo y su cariño, y hoy he sentido el deseo de bajar al barrio de San Marcos, para ofrecerle, a través de mis ojos, un último paseo por aquel lugar que ella tanto amaba, y que tantas veces recorrió en su vida a través de la "ventana" que su imaginación supo crear.

Maribel Egido Carrasco

The End

Lo miró con ternura, a pesar de los años todavía era capaz de reconocer en su rostro las fascinaciones de aquel luchador que fue. No habían tenido una vida fácil. Aún así habían sido tremendamente felices.

De hecho, la suya había sido una historia de amor de película. Habían llegado a Sudamérica casi al final de la guerra, huyendo de los nazis. En realidad era ella la que huía de los agentes de Hitler. Él había sido demasiado listo para dejarse atrapar, permitía entrar a su pequeño local a todo tipo de gente.

Se habían conocido y amado en París. Después de una breve separación se habían reunido de nuevo y habían podido partir hacia una nueva vida juntos. Incluso ella había abandonado a su primer marido para escapar con él. Ahora más de medio siglo después seguía pensando que irse con él era la mejor decisión que había tomado en su vida.

Tuvieron que empezar de cero, pues el coste de los pasajes los había dejado sin nada. Al principio trabajaron, ella como traductora, él, ironías del destino, como asesor de aquel ex-nazi multimillonario hasta que pudieron reunir dinero suficiente para comprar un pequeño restaurante que no tardó en convertirse en el centro de la vida social de la ciudad.

Sus hijos no tardarían en llegar a comer. Como cada domingo, desde hacía año y medio a él se le iluminaría la cara cuando viera aparecer a la pequeña Ilsa. Durante un breve instante, ella volvería a contemplar en su rostro de viejo gladiador aquel hombre apuesto y decidido que la conquistó en su juventud. Ese tipo duro, con alma de romántico, al que su nieta conseguía doblegar con su sonrisa.

Ahora, cercanos ya los títulos de créditos de la película de sus vidas, cuando no eran más que un matrimonio de ancianos, ella no podía echar a vista atrás sin pensar que definitivamente había acertado aquella noche cuando convenció a Rick para que huyeran juntos de Casablanca.

Manuel Gómez González

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