
Sé que no había más remedio. Que por comodidad y sobre todo por seguridad había que hacerlo. Pero sin embargo, para mí que soy una sentimental incurable, cambiar nuestro viejo coche, que llevaba con nosotros más de 20 años, por otro nuevo me supuso en su momento una pequeña tristeza. En todo ese tiempo, ni una avería "gorda", ni un "dejarte tirado", y lo que es más importante: ni un accidente.
Aquel flamante R-l2 que llegó a nuestra vida para sustituir al entrañable SEAT-600, nos pareció entonces, el más suntuoso de los automóviles.
Con él viajamos, tanto por carreteras importantes como por los senderos de los pinares que rodean el hermoso pueblo donde vivimos. Él nos acompañó entonces a las vacaciones, nos acercó a los bosques de hayas y robles en el Cantábrico, a las playas del Mediterráneo ó a los paisajes del Pirineo. Formó parte en fin, de nuestra pequeña historia familiar.
El día que nos entregaron el otro coche y tuvimos que dejar el nuestro, el viejo, en el concesionario, con el fatal destino del desguace, me produjo una triste impresión, casi de abandono. Antes de irnos, aprovechando que todo el mundo prestaba su atención al nuevo, me acerqué a él, le acaricié disimuladamente, y le dije en voz baja: "gracias por tus buenos servicios amigo, aún me siento mucho más cerca de ti, aunque seas viejo, que de éste advenedizo, tan moderno, pero sin ninguna historia".
Y aunque él no pudo contestarme, estoy segura de que en algún lugar de su frío corazón de máquina, se sintió agradecido y me dio las gracias.
Maribel Egido Carrasco
El último relato
Hacía tiempo que se había resignado. Su nombre no aparecería nunca en aquel libro.
Al principio, cuando Luis Herrero anunció el propósito del concurso, le pareció un objetivo sencillo de alcanzar. "Está hecho"-pensó- "Les enviaré un relato tan bueno que no les quedará más remedio que seleccionarlo".
En ese momento comenzó la pesadilla. "Un relato, pero... ¿acerca de qué?" –se preguntó.
Descubrió con asombro que no se le ocurría nada. "Bueno, es la primera vez que intento escribir una narración, de ahí mi falta creatividad"-trataba de animarse- "Ya sé, voy a esperar un par de semanas para ver sobre qué escriben otros oyentes y entonces será pan comido".
No sólo pasaron las dos semanas, sino también mes y medio más; y aunque habían sido muy diversos los asuntos tratados en ese tiempo –vacaciones, animales, recuerdos, azar...- ninguno le sirvió de fuente de inspiración.
A primeros de diciembre se incorporó a la sección Nuria Richart. Entretanto, él seguía padeciendo una exasperante escasez de ideas mientras contemplaba cómo, semana tras semana, surgían nuevos temas en las historias. Cuando llegó la época navideña y la materia sobre la que novelar era obvia, observó con desesperación que no era capaz de redactar una sola línea acerca de ésta.
Posteriormente atravesó una fase de reprobación de todos los relatos que se leían en el programa: unas veces le parecía que el cuento en cuestión estaba basado en una idea absurda; otras que era una buena idea, pero fatalmente desarrollada. Se decía a si mismo que en el momento adecuado los mejoraría sin ninguna duda; pero una y otra vez comprobaba que tan ansiado momento no llegaba nunca, y se levantaba de la mesa de escritura dejando el folio totalmente en blanco.
Pasó después una etapa en la que les cogió manía a esos dos o tres oyentes que debían haber enviado varias historias, porque sus irritantes nombres se repetían con cierta asiduidad.
Fueron transcurriendo los meses, variando la extensión y los temas de los relatos elegidos, pero él seguía viendo cómo su llama creativa no terminaba de prender.
Una tarde a mediados de Mayo se dio por vencido y puso fin a su decepcionante aventura creativa. Para ello, cogió su pluma Montblanc y escribió en una hoja las únicas palabras que se le habían ocurrido en toda la temporada:
"Querido lector: Esta frase pone punto y final al primer libro de relatos de esRadio".
Manuel Gómez