En casa de Herrero
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Martes Literario

"El regalo" y "Así no, Namír"

Andrés Amorós y Nuria Richart nos traen dos nuevos relatos de los oyentes. En uno descubriremos que el mejor regalo es el que no esperamos y en otro cómo es la dura realidad en muchas ocasiones.

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El regalo

Aquel domingo, nublado y gris, acudí de nuevo a la residencia a visitar a mi abuelo.

Antes de cruzar el umbral de la puerta de su habitación, respiré hondo. Esta vez lo lograría, la pena no se apoderaría de mí como siempre y conseguiría no derramar ni una sola lágrima durante mi visita.

No me acostumbraba a verlo en ese estado, a admitir que su mente estaba tan nublada como el día y que las piezas que formaban el puzle de su vida, lentamente se iban extraviando en el olvido.

Lo encontré de espaldas, sentado frente a la ventana y con la mirada perdida. Me acerqué y le besé con ternura en la mejilla, luego me senté a su lado y como de costumbre le cogí la mano y comencé con mi monólogo habitual acerca de cómo me había ido la semana en el trabajo, de los planes que tenía para las vacaciones, ¡ah! y por supuesto, de cómo le iba a "su Real Madrid".

Un tímido rayo de sol se abrió paso entre las nubes, y en ese momento, como si de una maravillosa casualidad se tratara, la luz se abrió paso también en su cabeza. Me miró con sus intensos ojos azules y una sonrisa se dibujó en sus labios. Entonces, con esa suave voz que hacía mucho tiempo no escuchaba, me dijo que teníamos que volver a ir al Retiro, para dar de comer a los patos, ver a los pavos reales y montar en los columpios. Prometió que esta vez me impulsaría con todas sus fuerzas, y que llegaría tan alto que podría tocar las nubes...

Cuando salí de la habitación mis ojos estaban empañados en lágrimas. Me encontré con Milagros, una de las cuidadoras, quién empezó a consolarme al verme otra vez en ese estado de ánimo. Han pasado casi tres años, pero todavía me acuerdo de las palabras que pronuncié: "No lloro de tristeza, sino de alegría. Hoy es mi cumpleaños y mi abuelo me acaba de dar el mejor regalo... hacía mucho tiempo que no pasábamos la tarde juntos en el Retiro".

Araceli Monje

Así no, Namír

La noticia corrió como un reguero de pólvora por el pueblo: "¡Un muro de la casa que estaban restaurando "Los Florencios" se ha derrumbado y hay un trabajador atrapado debajo!

Cuando algo así ocurre así en un pueblo todo el mundo se entera y se conmociona. La angustia de las familias al no saber quién era el atrapado, hizo que aquella mañana, que había empezado con la tranquila rutina de cualquier otra, se convirtiera en una angustiosa espera de noticias.

Alrededor de la una de la tarde supimos quien era el obrero sepultado entre los escombros: Era Namír, el nigeriano, y estaba muerto.

Cuando lo supe sentí la rabia y la impotencia que nos producen las grandes injusticias, y recordé como le había conocido casi dos años antes.

Namír era nigeriano, y tenía una mirada triste. Había acudido a nuestro pequeño despacho de Cáritas donde con mucha dificultad nos explicó que vivía en una pequeña casa con otras muchas personas, y nos pidió algo de ropa y de calzado.

A nuestra "oficinilla" de Cáritas llegan rumanos, búlgaros, polacos... todos con nombres de fonética imposible, y algunos muy pocos, de raza negra. Por eso me fijé especialmente en Namír. No sabía cual habría sido su peripecia hasta llegar a éste pueblo de Castilla. Como es natural no podemos solucionarles todos sus problemas, pero creo que aunque sea un pantalón, un abrigo o una manta, todo será un pequeño bálsamo en la herida de su desarraigo, como un alivio al ver que alguien les extiende la mano y les sonríe.

Namír volvió algunas veces más, siempre con su mirada triste, a por más ropa y a preguntarnos con su reducidísimo vocabulario, si sabíamos de algún trabajo para él: "cualquiera cosa", decía con dificultad. Poco a poco íbamos conociendo algún dato más sobre su vida. Su sueño era ganar algo de dinero para poder volver a su país y conseguir allí una casa. Por fin logró trabajo en la construcción, nos lo contó lleno de alegría. Aunque el trabajo era duro y no ganaba mucho, parecía que las cosas se le iban arreglando. Hasta que un maldito muro se cruzó en su camino.

Todos queríamos que cumplieras tu sueño y que volvieras a tu país, pero así no, Namír, así no.

 

Maribel Egido Carrasco

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