
El reencuentro
- ¿Sabes? -dijo Carlos de repente-. En el hospital ha ingresado un enfermo que dice que nació en tu pueblo. ¡A lo mejor lo conoces! Es algo mayor que tú. Se llama Tomás... Tomás Medina, creo.
Aquel nombre provocó una catarata de recuerdos en mi interior. ¿Será él? –Pensé, una vez repuesto de la impresión inicial-. No, no puede ser. Han pasado más de setenta años, ¿cómo va a ser él? Pero... ¿y si lo fuera? Entonces podría saldar una deuda que llevaba casi tres cuartos de siglo reconcomiéndome el alma. Necesitaba una respuesta cuanto antes, y tanto insistí que, a pesar de las protestas de mi familia por haberles arruinado nuestra comida dominical, conseguí que Carlos me llevara a verlo en ese mismo instante.
De camino al hospital no dijimos ni una palabra. El por el enfado que tenía y yo porque iba rememorando, una y otra vez, aquella mañana de Agosto de 1937. Los republicanos habían llegado hasta la entrada del pueblo la tarde anterior y, tras un desigual combate, nos habían vencido. A Ignacio Méndez y a mí, ambos hijos de falangistas, nos condenaron a muerte. Al resto los enviaron a la estafeta de Correos, improvisada prisión popular.
Pasamos la noche encerrados en el almacén de la tienda del Chato. Al alba, el Padre Antonio nos dio la última Comunión y partimos hacia nuestro fatal destino. Ignacio con aquel republicano llegado de Madrid, y yo con el larguirucho de Tomás, el hijo del herrero.
- Este a la era de Felipe el Carretón y éste -dijo señalándome su sargento-, al puente del río. Y un solo tiro por barba, que no tenemos cartuchos de sobra.
Transcurrieron quince eternos minutos. Cuando llegamos al puente, Tomás me preguntó:
- ¿Cuántos años tienes?
- Catorce -respondí.
- Catorce -repitió para sí mismo. Tenía la mirada perdida en el horizonte. Se quedó así unos segundos. Después se volvió y me dijo:
- Eres Andrés, ¿verdad?, ¿el hijo de la Catalina?
Yo asentí en silencio.
- Pues apréndete bien esto, Andresito: Ningún hombre tiene derecho a quitarle la vida a otro. Sólo Dios, o quienquiera que sea el que está ahí arriba mirando, puede hacerlo. Ahora vete y no aparezcas por aquí al menos hasta que los tuyos hayan ganado esta maldita guerra.
Dicho esto, pegó un tiro al aire y con la culata del fusil me dio un empujón mientras repetía:
- Corre Andresito, corre.
Nunca más volví a ver a Tomás. Sólo pude averiguar, años más tarde, que había emigrado a Chile dos meses después de aquel suceso.
Sin darme cuenta habíamos llegado a la puerta de la habitación, y Carlos la estaba abriendo.
- Buenas tardes, Tomás. Hay alguien que quiere verle -dijo todavía con cierto malestar.
El anciano levantó la cabeza y volví a ver el rostro del hombre que, setenta años antes, me había salvado la vida. Tras unos instantes de duda, su boca articuló una ligera sonrisa.
- La pucha, Andresito -dijo-. Por tu aspecto veo que la vida te ha tratado bien.
Sin poder articular una palabra y con lágrimas en los ojos me acerqué y le di un fuerte abrazo.
- Bueno, bueno, cuque. Que me vas a chaporrear el alma -dijo.
- Gracias Tomás -fue lo único que, ya más sereno, acerté a decirle.
- Con este abrazo termina la puta guerra civil, viejo.
En ese momento entró una joven en la habitación, y mirando a Tomás, dijo con desconfianza:
- Abuelo, ¿te encuentras bien? ¿Está bien, doctor? -pregunto, volviéndose hacia Carlos.
- Está perfectamente –contestó mi hijo, atónito todavía por la escena que acababa de presenciar.
- Es sólo la emoción de reencontrarse con un viejo amigo -apostillé yo.
Manuel Gómez
Te voy a contar un cuento
Cuando era pequeña me encantaba ir a casa de mis abuelos. Vivían en el barrio de Chamberí en un tercero sin ascensor. Una casa antigua con escaleras de madera corroídas por los años. Era un piso laberíntico con estancias ciegas e infinitas habitaciones que se comunicaban entre sí y que mi hermana y yo recorríamos y llenábamos con nuestras muñecas.
Me gustaba ir en invierno porque cenábamos sopa de pollo tan caliente que teníamos que soplar. Y en verano, después de ir a la piscina, atravesábamos las callejuelas del Parque Móvil hasta llegar a aquella casa, donde mi abuela nos recibía con un aperitivo de nécoras y zumo de tomate, que mi hermana y yo disfrutábamos mientras mi abuelo se servía una cerveza muy fría en un gran vaso con un dibujo de Asturias que llenaba de espuma y compartía con ella.
Mis recuerdos de infancia están siempre en esa casa de habitaciones frías en invierno, que mi abuela calentaba con estufas y braseros, y que se volvían sombrías y frescas en las tardes de verano cuando desenrollaba las persianas verdes y raídas de las ventanas y las ataba en la barandilla de los balcones para que no entrara el sol ni el calor. Había peces de colores que dábamos de comer en una minúscula pecera con piedras en el fondo y un canario en una jaula que mi abuela cubría por la noche para que no hiciera ruido, pero que de día siempre trinaba cuando sonaba el teléfono, un teléfono grande y gris, en el que se giraban los números.
En esa casa, la casa de mi infancia, había una magnífica colección de cuentos. Tenían las tapas blancas y dibujos llenos de colores. En la Feria del Libro, mi abuelo nos llevaba al Retiro y hacíamos cola en las casetas infantiles para comprar aquellos libros que mi abuelo nos leía por las noches como si fueran un tesoro.
No conservo esos libros, se quedaron en aquella casa, la casa de mis recuerdos, en la que también se quedó una señora gorda y parlanchina que se casó con mi abuelo en segundas nupcias y a cuya boda no asistí porque con dieciséis años era demasiado orgullosa como para olvidar a mi abuela y su sopa de pollo y sus nécoras.
Pero recuerdo un cuento, entre todos los que nos leía, cuando todavía era mi abuelo. Contaba la historia de un hombre que vivía en una aldea y que un día puso un huevo, y que se sintió tan avergonzado que no se lo contó a nadie salvo a su mujer, porque confiaba plenamente en ella. Pero su mujer no resistió la tentación y se lo contó a su mejor amiga y ésta a otra amiga, hasta que toda la aldea supo que aquel hombre se había convertido en gallina. Y la moraleja del cuento era que la única forma de guardar un secreto es olvidarlo.
También tenía otra abuela, que no hacía sopa de pollo ni te enseñaba a rezar por las noches porque era republicana y tuvo a mi madre antes de casarse cuando eso era pecado, y que muchos años después, en una residencia de monjas, ironías de la vida, seguía hablando mal de un hombrecillo con bigote que quería gobernar España, porque a sus hermanos les condenaron a muerte por rojos.
Los domingos por la tarde, en lugar de ir al cine o al Burguer me gustaba visitar a mi abuela en aquella residencia de monjas que vestían de blanco, de tez transparente y sonrisa cansada, ancianas que cuidaban ancianas con la fortaleza de las mujeres de pueblo que sólo han conocido el trabajo duro y la oración sin esperar nada a cambio.
Hasta llegar a la habitación de mi abuela, atravesaba unos pasillos anchos de baldosas relucientes y decorados con santos, donde paseaban viejecitas encorvadas que rezaban el rosario y que te saludaban con la tristeza de quien no ha visto a su familia desde hace mucho tiempo.
En aquellas visitas adolescentes creo que llegué a ganarme la confianza de mi abuela, una mujer fuerte donde las haya, arisca para quienes no llegaron a conocerla, por el peso de los años y de la enfermedad en sus espaldas. Un día, siendo ya muy frágil pero con esa lucidez que sólo tienen los ancianos, me contó un secreto, y me dijo que sabía que nunca, nunca, lo contaría.
Y tenía razón, sigue siendo un secreto porque lo he olvidado
Nuria Martín
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