
Una profunda pena de no haber compartido contigo más momentos de esos que tú sabías hacer encantadores, divertidos, chispeantes, bondadosos.
Los pocos viajes que compartimos eran para mí viajes de vuelta a las ganas de vivir. Tú producías eso, Carlos, ganas de vivir. Te conocí cuando me habían diagnosticado una enfermedad de esas que asustan cuando te las nombran, pero viajar contigo hacía que me olvidara de mi enfermedad para empezar a ilusionarme con la vida de nuevo, porque tu alegría producía eso precisamente: ilusión de encontrarse con gente como tú, Carlos, gente bondadosa, apacible, muy tolerante con los defectos de los demás y, sobre todo, con un ingenio dedicado fundamentalmente a lo más sano y sabio que existe en la vida: reírse.
Te reías como un osito encantador, pero te reías primero de ti mismo y de lo que te rodeaba, como hacen los sabios. Contagiabas la sensación de que la vida era más sencilla de que como yo la veía, que con la risa todo se suavizaba, los malos momentos, las tragedias. Y era verdad, Carlos, tú vivías así, suavizando la vida a todo el que tuvo la suerte de caer alrededor tuyo.
Conocerte supuso para mí recuperar la esperanza en un momento oscuro de mi vida. Y quise aferrarme a ti como persona, creí incluso enamorarme de ti, y sí, claro que me enamoré. Produce amor todo lo que nos contagia las ganas de vivir. Eso te lo debo, Carlitos.
Recuerdo tus cohetes, los que explotabas en Navidad en el jardín de tu casa emocionado como un niño viendo las estrellas que producían esa misma ilusión en otros niños con un corazón inocente como el tuyo. No había Navidad sin los cohetes, como no había Navidad para ti sin producirle esa alegría mágica a los niños. Y a los mayores, que te mirábamos admirados de que pudieras conservar y contagiar esa ilusión hasta en nosotros.
Siempre producías una sonrisa, Carlos, y eso es un legado del que pocas personas pueden presumir. Recuerdo también como me hablabas de tu madre, con una condescendencia amistosa y un cariño que eran devoción. Tu madre te hacía reír con sus cosas, su hiperactividad siempre entregada a los demás. A tu padre lo mimabas y respetabas. De ellos saliste tú, bondad donde las hubiera. Y a tu hermana la admirabas y la querías. Y eso también fue una enseñanza importante para mí.
Por todo ello, gracias, Carlitos. Espero llevarte siempre en el alma y siento hablar de ti en pasado. Lo siento muchísimo.
Un beso,
Ana Fernández Presa
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