
Corría el mes de septiembre de 1964, los últimos días de nuestro largo veraneo a pie de playa. Mediado el mes, amaneció un día nublado y frío. Se acababan nuestras vacaciones. Nuestra madre ya hacía los preparativos para el nuevo curso escolar y se le abrían las carnes calculando por las noches el inventario de todo lo que íbamos a necesitar: ropas, uniformes, libros, zapatos, cosas y más cosas... Todo multiplicado por diez, que era el número de angelitos negros de los que ella se ocupaba.
Nuestra madre era una auténtica heroína. Aquella mañana nublada y fría, ocurría algo fuera de lo común dentro del agua, un sordo rumor que se fue convirtiendo en el chapoteo frenético de miles de delfines. Éstos viajaban a gran velocidad tan cerca del rompeolas, alguno de ellos, que se les podía ver el rostro.
Pocos días antes, el mar también hizo cosas extrañas, una noche mientras jugábamos en las dunas después de cenar, la playa empezó a brillar intensamente. La orilla del mar se convirtió en una cinta luminosa que se apagaba y se encendía al ritmo de las olas. Fuimos corriendo hasta la bajamar y observamos fascinados que la estala de los peces se quedaba marcada como un rastro fosforescente debajo del agua. Se les podía ver nadando en bandadas y sin pensarlo dos veces, nos metimos en el agua. Al instante, nuestro cuerpo mojado brilló como si emitiera luz propia. Si lanzábamos agua al aire, ésta se deshacía en miles de gotitas luminosas y nuestras salpicaduras eran auténticos chorros de luz resplandeciente. Podíamos vernos unos a otros en medio de la noche cerrada. Jugábamos un buen rato, a riesgo de coger una pulmonía, hasta que nos obligaron a salir del agua. Todos atesoramos arena mojada en cubos y bolsas para hacer fuegos artificiales, una vez secos y vestidos convenientemente. Fue maravilloso y no salimos de nuestro asombro hasta la mañana en la que vimos pasar a los delfines.
Cuando conseguimos reaccionar de la fascinación que la espectacular carrera nos producía, fuimos corriendo a llamar a nuestra madre para que lo presenciara. Pasó cerca de nosotros sonriéndonos y nos dijo: "Me voy a bañar con los delfines". Dio una carrera y se sumergió en las olas, nadó hacia los maravillosos animales y se bañó con ellos hasta que terminó de pasar el último. Un irresistible impulso de su naturaleza la impulsó a compartir aquellos minutos con la manada de delfines viajeros sin que ninguno de ellos la rozara.
Mamá había tenido un gesto de valor superior a todo lo imaginable. Nadie más que ella se había metido en el agua. Los pocos veraneantes que quedábamos en la playa vimos el desfile desde la orilla, acaso, mojándonos los pies en el rompeolas, pero sin atrevernos a ir más allá. Natalia, como una auténtica ondina, se dejó envolver por la espuma que los acrobáticos animales dejaban a su paso. Permitió que saltaran por encima de su cabeza, que la sortearan para no tocarla mientras que con sus manos acariciaba el lomo de los que pasaban a su lado.
Cuando salió del mar parecía otra persona. Una linda sonrisa la embellecía. Estaba radiante y feliz. Después, durante el almuerzo, nos contó con pelos y señales su experiencia y nos quedamos con la boca abierta cuando nos dijo que alguno de aquellos delfines la había mirado con ojos de persona, que alguno la había rozado suavemente con las aletas y que silbaban al pasar, chillaban y hablaban entre ellos, evitándola con grandes saltos, que todos sonreían y parecía felices. Nos dijo que había sido una experiencia maravillosa y que ella se habría marchado con la manada si pudiera vivir debajo del agua.
"¿Te hubieras ido de verdad, mamá?" Preguntamos inquietos por semejante revelación.
"Por supuesto que me hubiera ido con ellos... pero vosotros conmigo", nos respondió, consciente del efecto de sus palabras en nuestra credulidad inocente. "Yo no voy a ningún sitio sin mis hijos", añadió para dejarnos tranquilos.
A mí me pareció muy incómodo vivir siempre mojado, pero he de reconocer que su compasiva respuesta me consoló como al resto de mis hermanos... Por el momento, mamá no se iría a vivir con los delfines.
Fernando de Juan Morón
He soñado con mi padre
He soñado con mi padre. Desde que murió, ya hace casi dos años, casi no había pensado en él. Como mucho algún recuerdo fugaz al visitar el barrio donde yo crecí con él en Madrid, o cuando he pasado cerca de Benidorm, donde él se apagó. No sé casi nada sobre el último cuarto de su vida, tras su separación de mi madre. Ni que amigos tuvo, ni a que dedicaba su tiempo en la residencia de ancianos, ni hasta qué punto fue consciente de su lento pero inexorable deterioro intelectual.
Después de la muerte, lo único que permanece de nosotros es el recuerdo que dejamos en las personas cercanas. Con frecuencia he oído que es mejor no ver el cadáver de los seres queridos, sobre todo si está deteriorado, para guardar una imagen agradable del muerto. Me alegra saber que esa creencia está equivocada.
Quizá los recuerdos más sinceros y menos manipulados estén en los sueños. En el mío, en mi sueño, mi padre tenía unos cincuenta y cinco años y estaba en su plenitud. Se reía despreocupadamente de un chiste que yo le estaba contando. Parecía un hombre feliz. Me han despertado mis propias lágrimas; no eran producto de la tristeza, sino de la emoción que me ha producido ver de nuevo a mi padre. Me encanta que, después de todo, ese recuerdo sea lo que permanece en mí de mi padre.
Joaquín Arribas
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