
Amor imposible
Era la hora a la que habitualmente salía del portal todos los días. Me puse en alerta.
En los dos últimos me pareció que me miraba con aquellos inmensos ojos azules, mientras que al girar levemente la cabeza hacia donde yo estaba, su pelo, de aquel color semejante al plateado de los campos de avena, tan parecido al de mi madre, acariciaba el viento.
Estar tantas veces tan próximo a ella y no poder acercarme por estar prácticamente atado a mi puesto de trabajo, me desesperaba.
Al fin apareció. Pareció mirarme de soslayo. Avanzó unos pasos, se detuvo y retrocediendo se dirigió increíblemente recta hacia mí.
Me incorporé emocionado. Su olor a mil flores llegó primero. Luego, sentí estremecerse todo mi cuerpo cuando se paró muy cerca observándome sonriente.
Se agachó y sentí su mano en mi cabeza y como me acariciaba suavemente acercando sus hermosos ojos a los míos húmedos de emoción.
Apoyé mi cabeza en sus rodillas mientras mi larga cola de perro pastor labrador barrió convulsivamente la acera tirando de la correa atada al quiosquillo de la ONCE.
Juan A. Carballo
Noche de tormenta
Aquel verano como tantos otros y como era habitual en el grupo de amigos asiduos, nos reunimos una vez más. Allí estábamos los de siempre, el grupo que verano tras verano pasamos este mes de vacaciones en la playa asturiana. Con frecuencia nos gusta reunirnos en torno a una buena mesa, para charlar y contarnos las novedades del año que ha pasado, y para disfrutar, en fin, del verano que tenemos enfrente.
La cena en aquella casa antigua aislada, en medio de la nada y convertida hoy en confortable y conocido restaurante. Era una casona solariega, enorme, de piedra, en una colina, rodeada de verdes árboles y prados y campo y al fondo, el mar.
La sala en la que estábamos, era una típica estancia de más de un siglo. Tenía el suelo y el techo de madera de castaño. Las paredes de un metro de espesor, con apliques de luz. En el centro una chimenea antigua, y en los muros pintados de blanco lucían algunos cuadros colgados.
Durante la cena, la tertulia, risas, acontecidos, chistes y conversaciones variopintas. Como sucede con frecuencia, hablamos de lo desconocido, de misterios, y de cosas inexplicables. Mauro, empezó a hablar sobre la dicotomía entre el cuerpo y el alma. Nos explicó como un viaje astral te permitía desplazarte viajando simplemente con tu mente, dejando el cuerpo atrás. Nos comentó como Cristina, su novia, conseguía este tipo de viajes con relativa facilidad. ¡Y justo cuando pronunció su nombre la luz se apagó!
La noche era una noche de perros, fuera llovía, eso es normal en una aldea del norte de España. La electricidad allí se ve afectada frecuentemente por este tipo de inclemencias.
Mauro contó como Cristina veía su cuerpo físico desde fuera. Y justo al pronunciar su nombre de nuevo, la luz se apagó otra vez. Nos miramos todos en aquella oscuridad. Un pequeño escalofrío, pero nada más. Eso sigue siendo normal, especialmente una noche de tormenta. Por tanto una simple casualidad
Nos describió como Cristina le enseñó a viajar, y de nuevo, al pronunciar su nombre de nuevo se fue la luz. Ahora, allí había algo que no llegábamos a entender. Nos mirábamos todos, con la sensación de extrañeza, cuando algo que no comprendes te esta ocurriendo. Finalmente decidimos cambiar de tema, y todo volvió a la normalidad.
Un año después, como siempre, volvimos de nuevo a pasar el verano al mismo sitio. Otra vez nos juntamos el grupo de amigos. Risas, planes, recuerdos. Todo era un poco parte del ritual. Este año, a diferencia de otros, Cristina había venido a pasar unos días de vacaciones con nosotros. Le hacia ilusión, era la primera vez que visitaba la zona.
También nos reunimos de nuevo para cenar en el mismo sitio. Aquella vieja casona en medio de la nada, hoy restaurante. Llegamos al atardecer como siempre. Cuando entramos Cristina dijo -yo conozco este sitio, yo he estado aquí. Nos miramos todos asombrados... no era posible. Inmediatamente repasó minuciosamente, con todo detalle todas y cada una de las estancias de la casa. Describió exactamente la forma de la chimenea, las lámparas, los cuadros y toda la decoración del salón de la planta baja, y más aun la ubicación de la mesa donde cenamos el año anterior. Justo allí, en ese salón, un año antes, el grupo de amigos cenando... y puedo decir que de alguna forma, no se explicarlo, pero estoy seguro de que... ella también estuvo allí.
Francisco J. García, Madrid
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